domingo, 12 de junio de 2016

Ecos literarios - Cuento


Por Juana Medina Hernández


Entre pilas de papeles viejos, a punto de asfixiarse pedía auxilio. Discreto asomó su pálido rostro. El cuerpo permanecía firme, pero con claras huellas del tiempo que llevaba exiliado en ese sucio y húmedo lugar. No pude resistir. Lo tomé atropelladamente; con un soplido desvanecí la nube de polvo que lo cubría. Entonces, vi esas letras grandes y doradas. Mis manos palparon el relieve que las conformaba. El título asomó a mis ojos: “Colección de Cuentos Infantiles”.

Mi traicionera memoria merodeó en el pasado; buscó hasta hallar el sitio donde permanecía aletargado ese rostro de letras grandes y doradas. Sí, era él, el mismo que en este instante tocaban mis manos. La biblioteca semivacía, el silencio reinante, me invitaron a remover los viejos tiempos. Busqué el rincón más apartado, como cuando era niña…

Aquella enorme biblioteca propiedad del patrón de mis padres volvió a mí. Discreta y callada permanecía en el lugar, mientras don Quintín, junto con su nieta Pita compartían las tardes, inmersos en un mundo de fantasía e imaginación. Mundo arrancado de un enorme libro con letras grandes y doradas. Don Quintín, no era solo una voz; era todos y cada uno de los personajes de aquellas historias; les daba vida, describía a perfección cada lugar donde ocurrían los sucesos. Escuchándolo, realicé un sinnúmero de viajes imaginarios a infinidad de lugares y épocas.

De vez en cuando, a hurtadillas entraba a la biblioteca; practicaba ahí mi incipiente lectura. Deletreaba los títulos que componían la enorme biblioteca; en especial el de “Colección de Cuentos Infantiles” que siempre permanecía sobre el escritorio. “Algún día conseguiré un libro así”, pensaba, cada vez que tenía el privilegio de escuchar a don Quintín dar vida a sus página. Hoy lo tenía en mis manos “lo pediré prestado”, pensé. Este libro tienen que leerlo mis hijos; seguro les robará el corazón como lo hizo conmigo hace años.

Necesité hacer señas exageradas frente al rostro de la biblioteca para llamar su atención. La fuerte música que escapaba de sus audífonos la mantenían alejada de su trabajo. Señorita ¿puede prestarme este ejemplar?, la respuesta fue una carcajada burlona. Hay seño, usted si que vive en la prehistoria ¿de dónde sacó ese vejestorio? Todos esos papales que están al fondo son solo basura; ¿Qué no ve que llegó la tecnología a este lugar?, dijo, señalando las computadoras que estaban instalando en ese momento. ¿Quién cree que va a leer en este tiempo? Si con oprimir una tecla, obtiene toda la información deseada, para eso están también los audífonos, para escuchar lo que desee, sin gastarse la vista. Si usted quiere quemarse las pestañas, allá usted, puede tomarlo; es más, se lo regalo, total ya es basura. No lo pensé, volví al sitio donde lo había encontrado, hallé otros tres libros entre los papeles apilados, los agarré, salí de prisa con mi precioso tesoro ante la mirada burlona de la bibliotecaria.

Apuré el paso; necesitaba llegar a casa, sumergirme de nuevo en ese mundo mágico, que solo he hallado en los libros. En la soledad de mis recuerdos; abrí ese rostro desgastado de letras grandes y doradas; la llave mágica que me inició en el hábito de la lectura. Un mundo infinito y fantástico.


Curiosamente, entre los libros que rescaté de aquella biblioteca se encontraban los siguientes títulos: “La lectura, es la nave de la imaginación”, “Un libro abandonado, es tiempo desperdiciado” y “conoce el mundo a través de los libros”.