domingo, 29 de mayo de 2016

La Locura Ignorada

CuentoPor Efigenio Morales Castro


 
Fidencio puso alas en sus pies. Ante cada paso, sentía que el estómago se le escapaba; su sombra parecía hacerlo prisionero. Hubo desequilibrio en sus brazos. Miró hacia atrás: vio al hombre corriendo al mismo ritmo que él. También llevaba alas en los pies.
            Quiso continuar la carrera, no pudo: las manos de la noche se lo impedían.
            Dos gotas de sudor fueron alargándose sobre su rostro. Las desapareció de un manotazo. El hombre  que le acortaba los pasos también borraba de su cara aquella agua del cansancio.
             "Me sigue, no cabe duda que me sigue", pensó Fidencio.
            El corazón temeroso le insistió: "pero, ¿por qué le ponen precio a mi cabeza? ¿Es que ni en otoño me dejarán descansar? Yo no fui el de la dinamita, fue Macías".
            Al sentir la sombra del desconocido sobre la suya, se sintió perdido. Quiso que la noche volara  para escapar en ella. Pero la oscuridad no sacó alas,  ni pies en ese momento. Siguió corriendo con más fuerza; la madrugada se lo permitía. Se detuvo por unos instantes y miró hacia el Panteón Jardín. Encontró en ese lugar una caja de salvación. Corrió hacia allá escondiéndose atrás de un árbol. Levantó una piedra, lo hizo con cautela. Las manos le sudaban, sentía que su corazón se acalambraba.
            Al tener cerca de él aquella sombra que se agigantaba, descargó un golpe con la piedra. Luego otro. Sonó seco, como cuando se rompen huevos por kilo.
            El desconocido cayó. Formó un charco de sangre que se acurrucó en la tierra; ésta la fue devorando  poco a poco.
            Con la tranquilidad de quien está a mano con la vida, Fidencio entró al cementerio. Se acostó al lado de una tumba quedándose dormido. Despertó cuando la cobija de la noche era sacudida por el día. Escuchó voces afuera del panteón: levantaban un cadáver. Fidencio encogió los hombros sentándose sobre la tumba. En la calle, un hombre con periódico en mano, gritó:
            - ¡Un loco escapó del Batán . Su nombre es Fidencio Martínez!
            Fidencio dejó de estar sentado; se encaminó a escuchar la noticia.

             "Hay que detener a ese demente", pensó regresando de nuevo a la tumba para quedarse dormido.