jueves, 10 de diciembre de 2015

Un mensaje galáctico

Artículo

Abel Hernández García


El hombre se ha caracterizado por ser curioso. Cada vez que puede trata de alcanzar nuevos horizontes. Cuando solo conocía el pequeño territorio que habitaba, buscó la forma de surcar los mares y encontrar nuevas tierras; cuando logró registrar la superficie del planeta, buscó extender sus alcances hasta la Luna. Sin embargo, el universo resultó ser más grande que todo lo que conocía hasta ese momento; el espacio interestelar se extiende infinitamente en todas direcciones y su estudio es tan complejo que hasta la fecha se desconoce la mayor parte de él.
Desde el momento en que nos planteamos la idea de un universo tan grande, capaz de albergar miles de millones de planetas, menores, iguales y mayores que el nuestro, nace la interrogante: ¿Estamos solos en el universo? La respuesta más lógica es que NO. Existen tantos planetas, que la probabilidad de que exista algún tipo de vida en alguno de ellos es muy alta. Desde luego, también es muy probable que esos tipos de vida hayan seguido un proceso evolutivo muy diferente al nuestro. Aunque ese detalle no ha hecho que la humanidad desista en su intento de establecer contacto con otros tipos de vida del universo.
El primer intento serio para establecer contacto con civilizaciones extraterrestres fue realizado el 02 de marzo de 1972, gracias a la iniciativa del científico Carl Sagan, quien propuso el proyecto de que se aprovechara la Sonda Pioneer 10 para enviar un mensaje con el cual poder establecer contacto con otras civilizaciones.
El Pioneer 10 fue el primer vehículo espacial que se diseñó para explorar el medio ambiente del planeta Júpiter y, antes en su viaje, los asteroides que hay entre las órbitas de Marte y Júpiter.
A pesar de que la idea fue planteada en fechas muy cercanas al lanzamiento de la Sonda, según las propias palabras de Carl Sagan: “la idea encontró apoyo inmediato en todos los escalones jerárquicos de la NASA”.
Saltado el primer obstáculo: la aprobación del proyecto por parte de la NASA; seguía otro de igual o mayor dificultad: ¿qué mensaje enviar que pudiera ser comprendido por una civilización extraterrestre? Considerando que no conocen ninguno de nuestros idiomas, ni ninguno de los símbolos convencionales que usamos para comunicarnos, el reto era muy grande. Sin embargo, en diciembre de 1971, Carl Sagan se reunió con su colega, el Doctor Frank Drake, con quien discutió el contenido de los mensajes que se podrían enviar. Después de varias horas de análisis, decidieron el contenido del mensaje, incluyendo, además, las figuras humanas diseñadas por Linda Salzman, esposa de Carl Sagan. Fue un trabajo titánico, considerando que solo contaron con tres semanas para: presentar la idea, dibujo y diseño del mensaje; aprobación del proyecto por la NASA y la grabación de la placa final; la cual quedó de la siguiente manera:


La placa es de aluminio y oro anodizado, con unas dimensiones de 15 x 23 cm, está sujeta a los puntales que soportan la antena del Pioneer 10. Se eligió el aluminio y oro, pues estos materiales pueden soportar el desgaste del espacio interestelar durante centenares de millones de años. El mensaje describe la época y parte de la naturaleza de los constructores de la nave, usando para esto, el único lenguaje que podríamos compartir con los seres galácticos: la ciencia.


En la parte superior izquierda aparece una representación esquemática de la transición entre giros de electrones de protones paralelos y antiparalelos del átomo de hidrógeno neutro. Bajo esta representación está el número binario 1. Tales transiciones de hidrógeno están acompañadas por la emisión de un fotón en radiofrecuencia de una longitud de onda de aproximadamente 21 cm y una frecuencia de unos 1,420 megahertzios. De esta manera, hay una distancia característica y un tiempo característico asociados a la transición. Como se sabe que el hidrógeno es el átomo más abundante en la galaxia, es posible que una civilización avanzada pueda comprender esta parte del mensaje sin problema. Aún así, como comprobación, en el margen derecho aparece el número binario 8 (1000) entre dos marcas, indicando la altura de la nave espacial Pioneer 10, representada tras el hombre y la mujer. La civilización que reciba la placa, tendrá también la nave, de manera que podrá determinar que la distancia indicada es cercana a 8 veces 21 cm, confirmando así que el símbolo de la parte superior izquierda representa la transición del hidrógeno. Al mismo tiempo, con esa escala podrán determinar que la altura de la mujer es aproximadamente 168 cm (8 unidades de 21 cm), con lo cual conocerán también la del hombre.




El dibujo radial de la parte principal contiene más números binarios; dichos números, si estuvieran escritos en el sistema decimal, estarían formados por diez dígitos. Los cuales deben representar distancias o tiempos. Si son distancias, entonces serán de un orden varias veces 1011 cm, o unas cuantas docenas de veces la distancia que hay entre la Tierra y la Luna. A causa del movimiento de los objetos dentro del Sistema Solar, tales distancias varían de manera continua y compleja. Sin embargo, los correspondientes tiempos están en el orden de 1/10 segundos a 1 segundo. Estos son los periodos característicos de los pulsares, fuentes naturales y regulares de emisión radiocósmica; los pulsares son estrellas neutrónicas que giran rápidamente, producidas en catastróficas explosiones estelares. Una civilización con un buen nivel científico no tendrá dificultad en comprender el dibujo radial, así como las posiciones y periodos de 14 pulsares con respecto al sistema solar de lanzamiento.
Pero como los pulsares son como relojes cósmicos que se gastan bajo índices bien conocidos, los que reciban el mensaje deberán preguntarse a sí mismos, no solo dónde fue siempre posible ver 14 pulsares bien dispuestos en posición tan relativa, sino también cuándo fue posible verlos. Las respuestas son: únicamente desde un volumen muy pequeño de la Vía Láctea y en un solo año en toda la historia de la Galaxia. Dentro de los límites de ese pequeño volumen hay, quizá, mil estrellas; pero solamente una de ellas ha de tener el orden de planetas con distancias relativas tal y como se indica en la parte inferior de la placa, en donde además, se muestran los tamaños aproximados de los planetas y los anillos de Saturno.


Por último, en el diafragma se muestra una representación esquemática de la trayectoria inicial de la nave lanzada desde la Tierra, como también su paso junto a Júpiter. De esta manera, el mensaje especifica una estrella en aproximadamente doscientas cincuenta mil millones, y un año (1970) en aproximadamente diez mil millones de años.
De esta manera, el Pioneer 10, que fue lanzado el 02 de marzo de 1972, y el 03 de diciembre de 1973 se aproximó a Júpiter (donde adquirió una mayor aceleración), se convirtió en el primer objeto volador construido por el hombre que abandonaba el sistema solar.


En 1972, el Pioneer 10 se convertía en el objeto más veloz lanzado por la humanidad (13 km/s); sin embargo, el espacio está muy vacío y las distancias entre las estrellas son enormes. En los próximos diez mil millones de años, el Pioneer 10 no penetrará en el sistema planetario de ninguna estrella, aun suponiendo que todas las estrellas de la galaxia cuenten con sistemas planetarios. De manera que la nave necesitará unos 80,000 años para recorrer la distancia que hay a la estrella más próxima (Alfa Centauri), situada a 4.3 Años Luz de la Tierra. Pero el Pioneer 10 no ha sido dirigido hacia las proximidades de Alfa Centauri. En lugar de esto, viajará hacia un punto situado en la esfera celeste cerca del límite de las constelaciones de Tauro y Orión, donde no hay objetos cercanos. La civilización que la encuentre, deberá tener la capacidad de realizar vuelos interestelares para poder interceptar la nave.