sábado, 5 de septiembre de 2015

El señor de las aves


Por: Consuelo Domínguez PulidoProsa poética

Me dediqué a imaginarlo, a observarlo en reflejos mentales. Quería pintar su historia, colorear su mundo e iluminar su rostro: deseaba describir al hombre de las aves.

¿Cuántas aventuras y maravillas ha pasado el señor de las aves? ¿Cuántas puedo yo labrarle?
Hay todo un mundo detrás del señor de las aves, pero el señor de las aves tiene historia propia. Intento, pues, contar su cuento.
En la ciudad de polvo respira el señor de las aves. Tomó un cartón por asiento provisional;  dice él que es más cómodo. Sus ropas no son viejas, cuentan las hazañas de su vida; tienen las manchas de sonrisas, los huecos del amor y  el olor del triunfo vivido.
Al lado de él se acerca un perro, el mismo perro de todos los días. Su intención no es conseguir alimento, su intención es compartir recuerdos con el señor de las aves. Un día el perro le dijo a su amigo de acera, que había recorrido medio mundo andando con una patita lastimada. El señor de las aves entiende todo esto.

Y podría no tener nada, podría carecer de muchas cosas: materiales, confusas y difusas. Podría no ser parte de las reglas del mundo, del orden y del caos. Él no forma parte de nada, forma parte de todo.
Se alimenta con los respiros del mundo, se satisface con las cosas pequeñas: fotografías en blanco y negro, el cine de oro, las partes de su cuerpo que el viento acaricia y los sabores de la tierra, fruto de su raza.
Goza del privilegio del andar viajero, se conmueve con los sonidos sin ritmo, sin regla. El señor de las aves mata lo malo con lo bueno que nadie entiende, que nadie busca: La esencia y el espíritu de su pueblo, nuestra misma esencia.

Su barba despeinada y dirigida a todas direcciones me deja ver el cobre. Su cabello es sedoso, es delgado, algo escaso. Sus ojos esconden consejos, esconden sabiduría. Ese marrón te hipnotiza, te sugestiona.
Aquel hombre bueno, desinteresado de lo mundano e  interesado en lo cotidiano, alimenta a las aves. No tiene comida para sí, pero tiene para ellas.

Ellas vuelven a él, ellas comprenden su sacrificio. Y ahí está; las ama, le preocupan y teme que todos nos olvidemos de los pequeños seres y de los pequeños placeres como alimentar a las aves. Sólo un niño y un hombre viejo entienden al señor de las aves. Es la combinación de inocencia y experiencia las que son afines a él.
La gente le mira, le desprecia, le ven con curiosidad, algunos son amarillistas. A él no le importa, es más divertido escuchar las historias que se cuentan de él. Le hacen nuevas aventuras qué imaginarse. Puede ser quien quiera ser. Ese es el señor de las aves: aquél que vive contra el tiempo, contra las inclemencias, contra la injusticia social, contra la monotonía de los pueblos. El existe, el resiste.

El señor de las aves se quedará por siempre ahí sentado en su cartón, conversando con el perro, alimentando a las aves. Está más por encima de nosotros;  él encontró el tesoro de la simplicidad, encontró el regocijo en la tierra.

Él aprovechó lo que Pachamama tiene para darle. La tierra lo convertirá en aire, en agua y polvo, fusionándose con el universo. Aquel universo que tanto ama.

Dale pulque al señor de las aves, dale arte, dale ciencia, dale el lodo en las botas, dale la neblina.

Él le sonríe a la historia de su México.