viernes, 7 de agosto de 2015

Últimos días de Hernán Cortés


Por: Francisco Javier Gutiérrez Hernández

Los poderes civil y judicial estaban en otras manos y su autoridad quedó muy mermada, decreciendo su prestigio constantemente; sin embargo, la sed de descubrimientos les empujó a otras empresas y descubrió Baja California, pero perdió gran parte de su fortuna en estos acontecimientos. Cortés ofendido por la merma de autoridad, regresó a España, pero esta vez fue recibido con frialdad, tratando vanamente de ver al emperador. Dándose largas y largas, sin que le resolvieran sus demandas de audiencia. Los azares de sus pleitos le llevaron a Valladolid en 1544, donde escribió al emperador la última de sus cartas que empezaba así: “Sacra, cesarea católica majestad: pensé que haber trabajado en la juventud me aprovechase para que en la vejez tuviera descanso…”. Esta solicitud tampoco fue atendida, no obstante que el final de la misma resulta, a nuestro juicio, la actitud de un hombre excepcional que solicita un juicio excepcional y dice así: “… paréceme que al coger del fruto de mis trabajos, no debí echarlo en vasijas rotas, y dejarlo en juicio de pocos, sin tornar a suplicar a vuestra majestad sea servido que todos cuantos jueces vuestra majestad tiene en sus consejos, conozcan desta causa y conforme a justicia la sentencien…”.
En el Consejo de Indias hay dos ministros que ya tienen formado parecer en contra suya, pues en México lo tuvieron como autoridad. ¿Por qué no dar garantías al quejoso? Y nuevamente vuelve Cortés a solicitar: “Otra y otra vez torno a suplicar a vuestra majestad sea servido que con los jueces del Consejo de Indias se junten otros jueces destos otros consejos y pues todos son criados de vuestra majestad y les fía la gobernación de sus reinos y su real conciencia, no es inconveniente fiarles que determinen sobre una escritura de merced que vuestra majestad hizo a su vasallo de una partecica de un gran todo con quel sirvió a vuestra majestad sin costar trabajo ni peligro en su real persona…”.

Todo es inútil, la corte hace oídos sordos y los días y los meses sin que haya una respuesta, ni se le otorgue una audiencia con el soberano. En una ocasión esperó a las puertas de palacio entre las personas que aguardaban al emperador; cuando este llegó se hizo paso entre los soldados y cortesanos y subió al estribo de la carroza real.
—¿Quién sois vos? —preguntó sorprendido el monarca.
—Un hombre, señor, que os ha ganado más provincias que ciudades os legaron vuestros padres y abuelos.

Desoído, desengañado, pobre y abandonado, se retiró a una finca que poseía en las cercanías de Sevilla; ahí el cielo azul y el clima cálido, con el espíritu destrozado por las contradicciones del fiscal y los achaques que hicieron presa de su cuerpo, su deseo y su imaginación le transportarían a otros cielos y otros climas; al ambiente luminoso de México, a los campos verdes de caña, a la cima rutilante de los dos volcanes entre los que pasó cuando inició su descubrimiento.


El día 12 de octubre de 1547 hizo su testamento y el cronista dice así: “El ilustrísimo señor don Fernando Cortés, Marqués del Valle, pareció en presencia del notario, estando enfermo del cuerpo y en su acuerdo natural, cual Dios nuestro Señor fue tenido de le dar”. En el testamento, entre otras muchas cláusulas, se incluía la creación de tres fundaciones: El Hospital de Nuestra Señora de la Concepción en México, un monasterio de mujeres de la Concepción en Coyoacán y un colegio para estudiantes de Teología y Derecho Canónico, a fin de que se formaran en la Nueva España, sacerdotes doctos que “rigiesen las iglesias y doctrinas a los naturales de la tierra sobre las cosas de la fe católica”

De estas tres fundaciones, la única que se llevó a cabo fue la del hospital, que aún subsiste con el nombre de Hospital de Jesús.