lunes, 11 de mayo de 2015

El juego de las escondidas - Fábula


Cuentan que una vez, se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando el aburrimiento había bostezado por tercera vez, la locura, como siempre tan loca, les propuso:
—¡Vamos a jugar a las escondidas!
La intriga levantó la ceja y la curiosidad, sin poder contenerse preguntó: —¿A las escondidas?, ¿Cómo es eso?
Es un juego —explicó la locura— en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde 1 hasta 1,000,000 mientras ustedes se esconden, y cuando yo haya terminado de contar, al primero de ustedes que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego.
El entusiasmo bailó secundado por la euforia. La alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda e incluso a la apatía, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar. La verdad prefirió no esconderse. ¿Para qué? Si al final, siempre la encuentran. La soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiera sido de ella), y la cobardía prefirió no arriesgarse.
Uno, dos, tres,… -comenzó a contar la locura.
La primera en esconderse fue la pereza, que se dejó caer tras la primera piedra del camino. La fe subió al cielo y la envidia se escondió tras la sombra del triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La generosidad casi no alcanzaba a esconderse, cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos. ¿Qué tal un lago cristalino? Ideal para la belleza. ¿La rendija de un árbol? Perfecto para la timidez. El vuelo de la mariposa, lo mejor para la voluptuosidad. ¿Una ráfaga de viento? Magnifico para la libertad. Así la generosidad terminó por ocultarse en un rayito de sol. El egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo, pero sólo para él. La mentira se escondió en el fondo de los océanos (en realidad se escondió detrás del arco iris). La pasión y el deseo en el centro de los volcanes. El olvido... se me olvidó donde.
Cuando la locura contaba 999,999, el amor aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado, hasta que divisó un rosal, y estremecido decidió esconderse entre sus flores.
¡Un millón! —contó la locura y comenzó a buscar.
La primera en aparecer fue la pereza, sólo a tres pasos de una piedra. Después se escuchó a la fe discutiendo con Dios sobre zoología; y a la pasión y al deseo los sintió vibrar desde el fondo de los volcanes. En un descuido descubrió a la envidia y pudo deducir dónde estaba el triunfo. Al egoísmo no tuvo ni que buscarlo, él solito salió disparado de su escondite que había sido un nido de avispas. De tanto caminar la locura sintió sed, y al alcanzar el lago descubrió a la belleza. Con la duda le resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún en qué lado esconderse. Así fue encontrando a todos: al talento entre la hierba fresca; a la angustia en una oscura cueva; a la mentira detrás del arco iris y hasta al olvido que ya se había olvidado que estaba jugando a las escondidas.
Sólo el amor no aparecía por ningún lado. La locura buscó detrás de cada árbol, debajo de cada piedra, en la cima de las montañas y cuando estaba por darse vencida, divisó un rosal… y comenzó a mover las ramas. Cuando de pronto, un doloroso grito se escuchó. Las espinas habían herido los ojos del amor.
La locura no sabía qué hacer para disculparse; lloró, rogó, imploró, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó a las escondidas en la tierra, el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña.