viernes, 26 de septiembre de 2014

Encuentro de Cortés y Moctezuma

Artículo
Francisco Javier Gutiérrez Hernández


     La columna española y sus aliados totonacas y tlaxcaltecas, descendieron por Tlalmanalco y Amecameca. En secreto, los caciques de los contornos comienzan a llevar sus quejas ante el capitán, quien les dio a entender: “El gran poder del emperador, nuestro Señor, e que veníamos a deshacer agravios e robos e que para e nos envió a estas partes. E como aquello oyeron. Todos aquellos pueblos, que dicho tengo, daban tantas quejas de Montezuma e de sus recaudadores, que les robaban cuanto tenían, y sus mujeres e hijas, si eran hermosas, las forzaban delante de ellos e de sus maridos, e que les hacían trabajar como si fueran esclavos…”. Cortés, siempre apercibido contra posibles emboscadas, no cesaba en su vigilancia, muriendo en aquellos parajes algunos de los espías enviados por Moctezuma.

Siguieron por Ayotzingo, donde les recibió Cacama, Rey de Texcoco y sobrino de Moctezuma, quien nuevamente insistió en que retrocediesen. Sin darse por enterados, prosiguen el avance, penetrando por una calzada entre el lago de Chalco y el de Xochimilco, continúan por Cuitláhuac y penetran en tierra firme por Ixtapalapa y de allí por una ancha calzada que les condujo a otra más, que unía a México con Coyoacán (en el lugar de este empalme, estuvo posteriormente la Garita de San Antonio Abad).

El ejército marchaba ordenadamente: ante ellos la ciudad en la que iban a encerrarse cuatrocientos españoles y siete mil aliados, aislados de amigos y sin posibilidades de recibir socorro en caso necesario. Dice Bernal Díaz del Castillo: “Miren los curiosos lectores si había de ponderar en ello. ¿Qué hombres ha habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen?”.

En Xoloc, salieron muchos señores principales a hacer acatamiento; concluida la ceremonia y pasando un puente, encontraron a “El Gran Montezuma que venía muy ricamente ataviado, según su usanza, y traía calzados unas cotaras, que ansi se dice lo que se calzan; las suelas de oro y muy preciada pedrería por encima de ellas…”. Cortés se apeó del caballo y quiso abrazar al monarca, impidiéndolo los caciques. Se intercambiaron obsequios y las frases halagadoras que el acontecimiento requería, tratando de descubrir cada uno las intenciones del otro. Después de esto, Moctezuma regresó a las andas, donde había sido traído y tomó la delantera dejando al lado de Cortés dos de sus deudos, el Señor de Texcoco y el de Coyoacán, para que honrándolo le acompañaran.

El alojamiento de los españoles fue el palacio de Axayácatl, padre de Moctezuma; este aguardaba ahí al llegar Cortés; acompañado de su ejército, el rey tomó al conquistador de la mano y lo condujo al más lujoso de los aposentos, en donde le dijo: “Malinche, en vuestra casa estáis vos y vuestros hermanos. Descansad”.


Era el 8 de noviembre de 1519. Después de haber alojado a los españoles en el palacio de su padre, Moctezuma regresó y brindó acatamiento al emperador, diciendo a Cortés que las profecías de su religión le habían dicho que vendrían hombres del oriente, súbditos de Quetzalcóatl y que él, cediendo a la voluntad de los dioses, se les sometía. Fue la última protesta del conquistado, contra su suerte y la completa sumisión a sus pretensiones y al fanatismo de sus creencias, el pueblo que veía a su rey como una divinidad, calló ante su débil voluntad.