lunes, 5 de mayo de 2014

Mamá muerte


Por: Antonio Madrid

La mañana de ese martes, Aurelio se levantó pensando que algo grave iba a pasarle.
Se lo comentó a sus amigos de la pequeña comunidad de La Unión, Zihuateutla, donde vivía, pero nadie le creyó, excepto su madre, quien gracias a su séptimo sentido (el de madre) sintió lo mismo que su hijo y le aconsejó no salir por ese día.
Así, tras el desayuno, Aurelio se sentó bajo uno de los muchos añosos encinos que rodeaban su casa, remembrando su infancia; el primer cariño que recordaba de su madre, de su padre y de sus hermanos mayores.
Saltó a su adolescencia, cuando conoció a lo que el llamó “mi primer amor”, una jovencita de ojos obscuros y vivaces, pero a la vez con una rara ternura,  que le hicieron sentir en la boca del estomago, algo parecido a una nausea, aunque después descubriría que no era otra cosa que los aguijonazos de una pasión temprana.
Después de ella seguirían muchas más. Incluso se dio el tiempo para contarlas, 12…13…14, sonrió. ¡Era todo un Don Juan!, pensó.
Y hablando de Juanes, llegó Don Juan, su padre. Pensando que su papá se llamaba Don Juan y el se sentía un Don Juan, exclamó para sí… ¡que tonterías!, volvió a pensar y también volvió a reír.
-          ¿Qué haces?, le preguntó el anciano.
-          Aquí, repasando mi vida, dicen que cuando uno se va a morir, repasa uno su vida y yo siento que algo grave me va a pasar hoy. Hay que ser previsor, sentenció Aurelio.
El viejo se quedó mirándolo largamente, como queriendo encontrar en sus palabras el verdadero significado de las mismas, algo así como cuando un ciudadano común intenta leer entre líneas lo que dice un político en su discurso.
-          ¡Ja, que cosas dices! pudo exclamar finalmente.
Esa mañana Carlos Julián, hijo del hacendado más rico del pueblo regresó de la ciudad a participar en el rodeo de la población, el deporte que tanto le gustaba.  A sus 26 años, Carlos Julián era un joven altivo y prepotente, blanco y de ojos azules, que miraba despectivamente a “los indios” del pueblo como él les llamaba.
Desayunó huevos de rancho, acompañados con jugo de naranja, un vaso de leche y café negro.
Su madre le recomendó “no tomar mucho” y no “meterse en problemas”, recomendaciones que por siempre hacérselas, casi ya ni las tomaba en cuenta.
Salió para el rodeo hacia el medio día y sus amigos lo recibieron con un abrazo y se apresuraron a pedirle que contara las últimas anécdotas de la ciudad.
-          ¿Una cervecita?, le ofrecieron.
-          Carlos Julián no la despreció. Nunca lo hacía.
-          Más vale perder un amigo, que una chela, solía decir.
Pues nada, que esta semana alcancé la cifra de 22 chavas, con las que he andado tan solo en estos dos últimos años, fanfarroneó.
Para la doceava cerveza, la cantidad de chavas había ascendido a 43.
Eran las ocho de la noche y el rodeo terminaba. Todos se encontraban en completo estado de ebriedad.
Carlos Julián quiso entonces ir a la ciudad más cercana a un centro nocturno.
Tomaron su camioneta y se fueron.
En el entronque entre La Unión y Los Pinos, se encontraron a Aurelio, que no había podido resistir más el encierro en su casa y decidió llevar a su padre al pueblo cercano, donde curaría de un dolor de huesos a un paciente, que era esta la actividad principal de Don Juan.
Todo iba bien hasta que Aurelio se sintió rebasado por otro vehículo a una gran velocidad. Reaccionó dando un volantazo para esquivarlo, pero la otra unidad  ya lo había alcanzado a golpear.
Reaccionó nuevamente tratando de salirse del percance, pero solo recibió más embestidas. Don Juan recomendó detenerse. Así lo hizo pero la camioneta blanca una vez más le pegó. Aurelio no pudo más y bajo del automóvil. Detrás de él lo hizo su padre. Ambos fueron recibidos a balazos.
Tendido en la carretera, Aurelio agoniza. Más tarde muere. El joven hacendado ha huido junto con sus compañeros de juerga. No ha sido detenido y si así fuera, no lo hubiera estado por mucho tiempo. Las cosas así son en La Unión y sus alrededores, por eso ese día que Aurelio presintió que algo grave le iba a pasar, decidió no salir, pero ya por la noche se le había olvidado. Su madre se lo recomendó también pero no le hizo caso.
Sobre la carretera, Don Juan puede advertir por fin el fondo de las palabras de su hijo por la mañana, esta vez llora con amargura e impotencia, por no tomar en serio las palabras de su hijo, pero es que él no tiene un séptimo sentido, como su mujer, que un día tuvo en su vientre a su hijo Aurelio y hoy lo ha entregado al Creador.
La madre de Aurelio llora desconsolada.
Y pensar que pudo haber prevenido aquellos hechos, que los presintió en su corazón materno.
Dios solo me permitió saberlo, pero no evitarlo, dijo para sí a modo de consuelo.
Así son las cosas en La Unión, un pueblo enclavado en la Sierra Norte poblana, donde los muertos los velan sin ataúd, solamente tapados con una sabana blanca, rodeados de flores, en las chozas polvorientas, espantando a los perros y en medio de los ojos cansados de sus habitantes.
Juana Márquez, madre de Aurelio le había aconsejado que no saliera esa mañana.
Aurelio pudo haberlo hecho, pudo haber obedecido a su madre, como siempre lo hacía.

No pudo hacerlo, porque ya la muerte le había hablado primero.