jueves, 22 de mayo de 2014

Las almas del cielo - Cuento


Cuento
Rolando García de la Cruz


Un día, mientras jugaba en el patio de mi casa, vi a mi abuela cortar algunas flores del jardín, entonces, le pregunté: —Abuela, ¿por qué cortas esas flores? Ella me respondió: —Se las llevaremos a tu abuelo. —¿A mi abuelo? —interrogué—. Pero ¿Si él ya no vive?, ¿cómo se las podremos llevar? —Aunque tu abuelo ya no esté con nosotros, él nos ve desde el cielo; él verá las hermosas flores que le dejaremos en su lápida, en el cementerio —Afirmó—. Esa tarde, mientras subíamos la calle rumbo al cementerio, mi abuela me pidió que comprara una veladora; luego que la compré, le pregunté: —¿Para qué es la veladora? Ella me dijo que era para que mi abuelo alumbrara su camino, como lo hacían las estrellas en el cielo.
Algunos años después conocí a Amalia, una hermosa chica de quien quedé prendado una tarde de mayo, cuando ella sacaba agua del Pozo de la Garza; pasé en mi caballo Brioso, le sonreí, y como respondiera a mi gesto, me quedé platicando con ella. Tiempo después no hicimos novios. A ella le fascinaba mirar las estrellas del firmamento, algunas veces subíamos a la cima del Cerro del Jazmín y observábamos las estrellas brillar, las contábamos y les poníamos nombre, todo era bello a su lado, hasta que estalló la Revolución.
Recuerdo que una noche mi padre nos dijo a mi hermano Heliodoro y a mí, que nos íbamos con él y tres de mis tíos para apoyar al General Vicente Herrera, yo me asusté un poco y salí a despedirme de Amalia, quien no me soltaba, me llenaba de besos y, mientras lloraba, me pedía que no me fuera. Caminamos varios días por los montes de Las Cazuelas entre las tropas del General, pero en el Palmar nos cayeron los porfiristas y se armó una gran escaramuza; pero al final logramos detener su marcha a Papantla; dos días después nos informaron que un grupo más fuerte había penetrado por la zona de San Pablo y estaban causando estragos en el pueblo. Todo el ejército del general Vicente se dirigió rápidamente hacia allá, cuando entramos al pueblo por la Cruz Chiquita, nos sorprendió ver tanta gente que se había levantado en armas, un niño andrajoso con su perro canelo corrieron a nuestro encuentro y llorando nos dijo:
—¡Han tomado al pueblo y mataron a mi padre!
Galopamos al centro de la ciudad, pasamos por el Pozo de la Garza, todas las casas estaban destruidas, muchos cuerpos tirados en las calles; cuando estábamos próximos al parque, nos recibieron con una lluvia de balas, tuvimos que bajar por la calle de la Casa Trueba, subimos por la del Mercado Hidalgo y les caímos por la parte de atrás de la presidencia; logramos matar a muchos, otros escaparon, algunos cayeron prisioneros, los metimos en la Arena Márquez que habilitamos como nuestro cuartel.
En cuanto me vi libre corrí hacia el Cerro del Jazmín a casa de Amalia; todo parecía desolado, encontré más muertos en las calles, subí con mi caballo Brioso y cuando llegue a la cima, observé tristemente que la casa de Amalia había sido incendiada. Busqué entre los escombros pero no había ningún cuerpo, corrí por el patio, a lo lejos vi una mujer sentada en el suelo llorando, cuando me acerqué pude ver con horror que en sus brazos sostenía a un niño con la mitad del cuerpo quemado. Caminé como zombi, se me fueron las fuerzas cuando vi a una niña muy pequeña que lloraba mientras trataba de levantar el cuerpo de su padre, le decía: —Despierta padre… tengo miedo.
Sentí un gran nudo en la garganta al ver esa escena, el padre estaba muerto.
Tomé a la niña entre mis brazo y la llevé conmigo; seguí buscando a Amalia, bajé entre los matorrales y me estremecí al ver un cuerpo junto a un árbol, me acerqué, no podía creer lo que estaba viendo, era Amalia en el suelo, todo el cabello le cubría la cara, dejé a un lado a la niña, me hinque junto al cuerpo de Amalia, la tomé entre mis brazos y la puse en mi regazo, le quité el cabello de la cara, le di un beso en sus hermosos labios, mis lágrimas mojaron sus pálidas mejillas, lloré amargamente hasta que no me quedaron más lágrimas en los ojos, luego escuché llorar a la niña, miré a mis espaldas y la atraje a mi pecho, ambos nos sentíamos solos, miré al cielo y vi brillar las estrellas, era una noche clara, la luna nos iluminaba.
De repente, la dulce voz de Diana me despertó, la escuché decir: —Padre, en un par de horas tendremos que ir al cementerio, ya tengo todo preparado.

Me levanté algo desconcertado, se cumplía un año más de la masacre en el pueblo. Después de darme un baño, salí con ella rumbo al cementerio. Cuando llegamos, Diana sacó las flores, prendió las veladoras y las puso sobre una lápida de mármol, se sentó en ella, me tomó las manos y me dijo: —Padre, cuéntame de mi madre. Sentí un estremecimiento y dije: —Se llamaba Amalia, era tan bonita como tú, ahora está en el cielo y desde allá nos ve… Miré al cielo, las estrellas brillaban en todo su esplendor, me levante lentamente, Diana me seguía, regresamos a casa en medio de la noche.