lunes, 19 de mayo de 2014

Hernán Cortés es nombrado capitán de la Expedición

Artículo
Francisco Javier Gutiérrez Hernández

Sería imposible relatar con minuciosidad la serie de aventuras, intrigas y disidencias en las que Cortés se vio envuelto, hasta su total consagración como uno de los genios políticos y diplomáticos más preclaros de aquellos días. Buena prueba de ello fueron las diferencias de criterio con el gobernador Diego de Velázquez, su casamiento casi forzoso con doña Catalina Juárez, su encarcelamiento y fuga en dos ocasiones y su extraordinaria capacidad adaptativa para cambiar de opinión y hacer creer a los demás de su sumisión al gobernador Diego Velázquez. Durante este tiempo, el mundo indiano sufría una transformación absoluta. Unas expediciones se sucedían a otras. Pero Cortés, ya avecindado y con hato y cabaña, testigo lejano de todos estos acontecimientos, no tomó parte alguna en ellos, gozaba de quietud, llevaba una vida próspera y como su salida de España no tenía otro fin, este estaba logrado.

Sin embargo, no dejaba de prestar oídos a los nuevos descubrimientos y observar la actitud de Velázquez que se adornaba con plumas ajenas, no tomando parte activa en las expediciones financiadas y haciendo suyos los éxitos ante la Corte Real Española. La última expedición financiada por el gobernador y comandada por Juan de Grijalva, resultó desastrosa para los conquistadores, pero antes de que arribasen a Cuba, Velázquez pensó en hacer una nueva expedición después de considerar un análisis para designar a una persona que pudiera capitanearla, la cual debería reunir altas cualidades: entregarse sin reserva al amo suspicaz, tener alma de conquistador, trato de hombre y capacidad de mando; y no obstante las diferencias de criterio con Velázquez, este dice: “… nombraré por capitán e principal caudillo a un Hernando Cortés, ansi por perecer cuerdo e haberme tenido en esta isla mucho tiempo por muy mi criado e amigo, e como a tal le había fecho siempre mucha onrra, e onrrandole con mi persona e mucho de mi facienda…”. De esta forma el 23 de octubre de 1518, se extendieron las instrucciones ante el escribano público Alonso de Escalante, según las cuales se trazaban las líneas de conducta para los indígenas, expresadas de la siguiente forma: “… requerirles (en nombre del rey) para que se sometan a su yugo e servidumbre e amparo real e decirles en señal de servicio le dan e envían mucha cantidad de oro, piedras, perlas e otras muchas cosas que ellos tienen, e así mismo su alteza les face muchas mercedes…”; debería instruirles en la fe católica y tratarlos con amor cuando se acercasen a rescatar.

Se aprecia en este documento que Velázquez calló lo referente a la fundación de poblaciones, pues carecía de facultades para hacerlo, pero recomendaba a Cortés que si tenía noticia digna de transmitirse a la Corte, se le enviase con toda rapidez en un navío y él por su parte ofrecía dar cuenta al capitán del resultado de las negociaciones sobre capitulaciones de la conquista.


Sin embargo, la inesperada llegada de Grijalva y Olid, hacen que Velázquez pretenda deshacerse de Cortés y nombrar nuevamente a Grijalva como jefe de la expedición. En este caso la opinión de los historiadores disiente en forma insólita; según Gomara, no había propósitos de rescisión del contrato, Bernal Díaz del Castillo indica que los hombres de Grijalva pretendían que este fuera el capitán, de las Casas apela al testimonio de los hechos y estos parecen dar razón a Gomara, pero resulta indudable que Velázquez, dando oído a sus amigos, quiso quitar el mando a Cortés por no fiarse de él, pues le acusaban de mañoso, altivo, amador de honras y hombre que se vengaría de lo pasado. Cualquiera que sea la verdad, el caso es que Cortés, una noche fue de casa en casa de los expedicionarios y despertándolos, los embarcó, llevándose de paso la carnicería, que pagó con una cadena de oro.