jueves, 23 de enero de 2014

La Ceremonia de los Voladores de Papantla

El saludo a los cuatro vientos
o el Palo de los Voladores



Por Cecilia Bretón Fontecilla [Compiló: Aarón Vargas Contreras]

La semana anterior a la del jueves de Corpus, en las rancherías de la región de Papantla sólo quedan mujeres y los niños; los hombres se van al monte, a ese monte fértil de la tierra veracruzana en el que hay que abrirse paso a filo de machete, se internan varios centenares de indios que no le temen ni al zancudo, ni a las víboras, ni al sol, ni al cansancio: su entusiasmo y devoción los hace más vigoroso en su peregrinar, buscando el palo más alto, más recto y más alejado de donde habite alguna mujer. Una vez localizado, celebran su primera ceremonia que es como una acción de gracias por haberlo encontrado: el grupo de voladores danza en su derredor al ritmo de un pequeño tambor.




Los grupos de voladores los forman jóvenes solteros que hacen promesa por siete años, durante los cuales no pueden tener novia para que ningún pensamiento mundano manche la intención de su ofrenda. Es así como los cuatro vientos (puntos cardinales) reciben el saludo de estos indios de cuerpos recios y espíritus vigorosos.

Terminada la primera ceremonia todos se disponen a derribar el palo. Desde otros árboles cercanos lanzan su punta con grandes reatas que le sirven de sostén mientras el hacha filosa, manejada con destreza, troza su base. Esta maniobra es ejecutada con maestría, pues el madero debe ser tendido en el suelo sin que se golpee; es más, los mismos que toman parte en el trabajo no deben de sufrir el más leve rasguño. En estas condiciones se le hacen amarres con bejuco que facilitan su transporte; todos se prestan a caminar soportando su peso, y no obstante lo quebrado de las veredas, es llevado con cuidado sumo hasta el poblado grande, hasta Papantla, ciudad construida en un lomerío, rodeada de los cerros de El Borracho, Tetela, El Campanario, El Comanche, el de la Cruz, el de Dolores, etc.

Desde la garita la comitiva es recibida con admiración, y mucha gente los acompaña al lugar donde siempre se ha izado el palo, que es frente a la iglesia. Lo dejan tendido en el suelo mientras suben al atrio, danzan los voladores y entran a orar al templo para que Dios los bendiga; después regresan a cavar el hoyo de 2.5 metros de profundidad en el cual se hunde la base del madero de la danza. Generalmente esto sucede la mañana del Domingo de la Santísima Trinidad.

Este numeroso grupo de indios trabaja con diligencia; al palo le hacen amarres con bejuco que les sirve de escalera a los que trepan. En su punta le encajan la manzana, que es una especie de carrete grande de un diámetro, en su circunferencia, superior de 0.50 metros aproximadamente; la cintura de esta manzana tiene cuatro perforaciones para que por ellas salgan los cables que sostienen el bastidor formado de cuatro troncos delgados como de 1.50 metros de largo, amarrados en sus extremos para que formen el cuadro y en cada lado se pueda sentar un volador mientras su capitán ejecuta la danza. Para parar esta enorme asta que mide entre 25 y 35 metros (el que yo vi midió 26.70 metros), amarran troncos cruzados como tijeras abiertas de distintos tamaños, utilizándolos como gatos para poder levantar más fácilmente su extremo superior; en éste son amarrados cuatro grandes cables para que, restirados y jalados por grupos que se colocan en cada punto cardinal, lo enderecen y hagan entrar al hoyo su extremidad inferior.

Antes de estas maniobras hacen una significativa ceremonia: en el hoyo dejan caer agua bendita, refino, tamales y hasta gallinas y fruta, con el objeto de que el palo tenga que comer suficiente y esté contento para que no reclame la vida de alguno de los voladores. Una vez parado lo acuñan con estacas y troncos delgados, así que, muy seguro que quede, con el movimiento de los que trepan o con el simple aire, hace un lento pero impresionante balanceo.

El jueves de Corpus, muy de mañana, llegan los voladores, uno tras otro, a la ciudad tocando su flauta y su tambor. Visten trajes parecidos al de los guaguas; pero la diferencia está en los gorros, pues el de los voladores tiene el disco pequeño formado con plumeritos de colores y un manojo de cintas también de colores, que le cuelgan hacia atrás. En el atrio bailan frente a la puerta principal de la iglesia, después se dirigen a donde está el palo, y sin romper su formación, bailan.

Terminada esta primera parte, se disponen a interpretar la danza más maravillosa que me ha sido presenciar.

Trepan al palo cuatro voladores; uno de ellos lleva flauta y tambor; se sienta cada uno en un lado del bastidor cuadrado, enredan las cuatro reatas en el carrete que quedó formado debajo de la manzana, cuidando de que no se crucen para que fácilmente puedan desenredarse cuando ellos se lancen al espacio. En esta maniobra se tardan de quince a veinte minutos. Después sube el capitán o danzante con su flauta y tambor.


El arte indígena surge vigoroso cuando el viento de cada punto cardinal recibe el saludo traducido en música y danza.

Es el Oriente primero en recibir sus frases musicales, tocada una vez la melodía; a la segunda, el danzante y ejecutante lentamente deja caer su tórax hacia atrás, el trino lo subraya con un suave movimiento de balanceo que semeja la tenue decoloración del cielo; es admirable la flexibilidad de su cuerpo al obedecer el intencionado impulso lento, para lograr la plena posición de tensión muscular abdominal hacia atrás. No obstante esta posición en que su cabeza cuelga, sigue ejecutando su música profunda, honda, mágica y la melodía surge con mayor intensidad, quizás es el momento culminante porque su cuerpo en curva forma el paralelo de la comba azul. Después, siempre siguiendo el ritmo, va enderezándose lentamente, tan despacio que es doblemente admirado. ¡Qué vigor! ¡Qué dominio en toda su musculatura! (No olvidemos que sólo lo detienen las cuerdas que pasan sobre sus empeines y que esto lo hace a veintiséis o más metros de altura). Una vez que llega a estar nuevamente sentado, sigue tocando su melodía para completar siete veces su repetición.

El arte es la repetición rítmica de los temas; el indio insiste en sus temas influenciado por el ambiente que le rodea, la naturaleza y su expresión, como el canto de los pájaros que es siempre el mismo, pero siempre bello; rinde homenaje este sacerdote de la belleza a los demás rumbos cardinales: el Poniente, el Norte y el Sur, por separado.

Interpreta la segunda fase que no puede ser más atrevida ni más impresionante: el indio despliega todo su arte y su valor al tocar y bailar sobre la manzana durante siete vueltas que le da, generalmente marca el ritmo con los dos pies sincrónicamente dando brincos hasta como de treinta centímetros de altura; pero otros, como unos que vi en esta ocasión, son artistas tan geniales que, mientras se sostienen en un pie, con el otro cortando, rasgando el aire, pisan el espacio, marcando su ritmo primorosos bordados, realizando el paso que en la técnica clásica del baile se conoce con el nombre de piqué, y, al cambio de pie, van girando, y no conformes con dar vueltas sencillas, las dan dobles, pues faltando poco para llegar al punto de partida, regresan así que prácticamente dan catorce vueltas para cada punto cardinal.

Después de esta parte se sienta el danzante dando frente al Oriente; no se le nota ni la más ligera indisposición; entrega su flauta al mismo volador sentado a su derecha; éste la recibe expresando veneración, y como objeto sagrado la roza con el bastidor y reatas del carrete a su alcance, devuelve el instrumento y se dispone a volar. Cada uno coge el extremo de una de las reatas del carrete, se amarra de la cintura, y cuando el capitán inicia sus frases musicales, abren sus brazos y suavemente dejan caer su cuerpo hacia atrás, con una confianza que tal parece que a corta distancia los espera un blando colchón de plumas. Acto seguido enlazan con sus piernas la reata, abren sus brazos, y en esta posición, de cabeza, descienden girando. El volador que lleva sus instrumentos toca también la melodía y al cumplirse siete veces su repetición hacen un cambio de posición iniciando juntamente con el capitán, que quedó sentado en la manzana; todos repiten la posición de tensión muscular abdominal hacia atrás, que dura mientras tocan la melodía siete veces. Vuelven a su primera posición, y faltando dos vueltas para llegar a tierra dan una maroma y quedan de pie; no se desamarran luego, restiran sus reatas y esperan a que su capitán baje por los amarres de bejuco; después, con una profunda satisfacción reflejada en sus rostros sudorosos, se despiden del palo bailando en su derredor.

No arrancan aclamaciones frenéticas ni nutridos aplausos; la grandiosidad del acto causa una impresión tan honda, tan penetrante, que deja perplejo al espectador que, primitivo como siempre es el hombre, recibe el hálito y la profunda emoción del mito transmutado en arte, de la magia convertida en fe, de la hechicería realizada en técnica, y lleva en su mente grabada la gloriosa expresión, brillante y fuerte, trágica, taumaturga, del arte indígena.

Este año de 1943, cuando los admiraba, recordé la frase de una voz amiga: “La fe forja el milagro que no existe…” y yo me pregunto: ¿Qué salva a estos hombres, la fe o el milagro?



Estas imágenes tangibles, ricas y coloridas, narradas con gran sensibilidad y conocimiento por la extraordinaria folclorista orizabense que fue, la Profesora Cecilia Bretón Fontecilla; se han modificado en algunos aspectos, pero lo trascendente es que todavía mantienen la esencia de la idiosincrasia de la etnia del Totonacapan.