miércoles, 27 de noviembre de 2013

Danza de los Guaguas en Papantla en 1943

Danza de los Guaguas

Por Aarón Vargas Contreras



Los danzantes ponían la nota de color y la gente entusiasmada los admiraba, especialmente a los voladores y a los guaguas. Estos, vestidos con pantalón tres cuartos, con un pequeño delantal en pico y capa corta terciada, todo en color rojo, destacándose en su camisa blanca; el adorno sencillo con franja plateada u ribete de motitas delineaba claramente sus movimientos, gorros de cartón forrado de trapo rojo, de forma cónica cuya punta se perdía al llegar al centro de un gran disco hecho de carrizo, en el que tejían cintas de colores, lo ribeteaban con vistosas plumas, usando para sostener este enorme peso un paño rojo aprisionando las quijadas. Saludaban a Dios desde la puerta de una iglesia con sus danzas de ritmo vigoroso, después se dirigían a la esquina del atrio que mira al noreste donde previamente había sido colocado el girador



Consistente este aparato en un dispositivo en forma de cruz, formado con dos vigas en cuyo cruzamiento se inserta otro madero que servía de eje de rotación; dicho eje es colocado en los extremos de los gruesos troncos de bambú empotrados en el suelo que servían de soportes, de altura adecuada para permitir que la cruz gire sin rozar el suelo; uno de estos troncos está provisto de amarres de bejuco con el objeto de que trepen por ellos los cuatro individuos que, sujetos con las manos a unos travesaños colocados cerca del cruzamiento de las vigas y apoyados con los pies en otros que vienen a quedar en los extremos de las vigas, van a girar vertiginosamente dándose impulso ellos mismos; este movimiento giratorio dura mucho tiempo, mientras los guaguas que no giran tocan la melodía en flauta de carrizo y marcan el ritmo en un pequeño tambor y agitan sus sonajas. Este espectáculo provoca momentos de verdadera expectación, pues el disco de sus gorros casi rosa el suelo. Rehilete de color y fuerza que ha quedado rememorado en dibujos hechos por testigos presenciales de estas evoluciones llenas de peligro.

Mi viejo amigo ha hecho que me asome al panorama del pasado, y aunque hoy como entonces la banda toca en el kiosko, la gente invade la vuelta chiquita y la grande girando alrededor del kiosko y todos tratan de estar contentos paseando de puesto en puesto como en cualquier feria, comprendo la enorme diferencia del esplendor de estas fiestas con las de antaño. Pero aún podemos correr tras de la voz que dice: “Otra vuelta, negrito” y oír contestar: “Sí, tata”, antes de comenzar la danza.