miércoles, 27 de noviembre de 2013

Así era la fiesta de Corpus Christi en Papantla de Olarte en 1943

Una orizabeña en las fiestas del Corpus en Papantla, Veracruz en 1943

Por Aarón Vargas Contreras

Con este trabajo se evoca la vasta obra de la profesora Cecilia Bretón Fontecilla, quien nació en la ciudad de Orizaba, Veracruz en 1911, partiendo para siempre el 19 de abril de 1944, a un año de haber visitado la ciudad de Papantla, Veracruz.
Estudió en el Conservatorio Nacional de México y en la Facultad de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Dedicó su vida al arte y a la enseñanza musical en diversos planteles educativos de la ciudad de México; también ejerció el arte de la fotografía. Realizó investigaciones histórico-musicales, dejando pendiente un calendario Folklórico Musical que abarcaría todas las regiones del país.
La sociedad Folklórica de México de la cual fue distinguida socia, rindió homenaje a su memoria como un tributo a sus esfuerzos, incluyendo este trabajo en la publicación del Anuario respectivo del año de 1943, volumen IV, Edición de 1944.

Cecelia Bretón Fontecilla

De su fructífera estancia en Papantla, la destacada folklorista nos dice:
Rincón de corredor de una casa pueblerina, piso de ladrillo colorado, pretil que es barrera del jardín, araucarias que se estiran majestuosas, croar desesperado de ranas pidiendo a las nubes su pronta eclosión, cielo en el que Venus desafía a la Luna con su brillar maravilloso, caricia suave de aire tibio, perfume del jazmín que todo penetra, mecedora de bejuco en que descansa mi cuerpo, y como un eco de la vida en el pasado, la voz de mi viejo amigo me hace saber las cosas que en el tiempo se quedaron".

Me cuenta como en Papantla, para las fiestas del Corpus Christi se construían bardas de barro forradas con pequeños ramos de laurel en flor y tepezapote, de lo mismo se hacía la preciosa enramada de más de quinientos metros de longitud, pues abarcaba dos manzanas edificadas, bajaba de la iglesia, doblaba para seguir la calle al pie del Cerro del Campanario, quebraba hasta encontrar la que debía llevarla de regreso al arco que mira al oriente, y que aún está en pie, para entrar nuevamente al atrio de la iglesia.

Lo grandioso, lo que hoy parece fantástico, es que esta grandísima enramada tan adornada y olorosa a tepezapote (casi olor a vainilla) la construían grupos de indígenas que trabajaban con disciplina admirable en una sola noche, la anterior al domingo de la Santísima Trinidad. Otros centenares de indios llegaban al pueblo por la entrada de El Zapote o por la del Pozo de la Cruz arrastrando el “palo” para los que por promesa ofrendarían la expresión más fuerte y vigorosa del espíritu de la raza.

Llegando el miércoles y desde Coatzintla, la escultura del Señor Santiago, cargada de reliquias y de flores, se traía en devota procesión por la vereda ancha, subiendo y bajando cerros y atravesando vainillales. En el monte se repetía el murmullo de rezos, melodías y ritmos de danzantes, el grito de los “papanes” y el canto de alegres primaveras y como cinta de serpentina blanca, caprichosamente tirada entre los verdes de la naturaleza, llegaban hasta la parroquia del pueblo. Por las noches todos los rincones de las casas, portales y parque daban albergue a los forasteros.

Tronar de cohetería seguido de repiques de campanas, anunciaba el amanecer de Jueves de Corpus. La multitud, como enjambre de palomas, que se movía camino a la iglesia y las melodías desprendidas de las flautas de carrizo, impregnaban la alborada del sabor de la tierra totonaca.

Los danzantes divididos en varios grupos: Moros y Cristianos, Santiagueros, Negritos, Maringuillas, Guaguas, Tocotines y Voladores, llegaban simultáneamente hasta el atrio. Bellas y sugestivas interpretaciones de las danzas, color y ritmo en el vestir, resistencia formidable en la expresión, ofrenda de profunda raigambre ancestral que perdura aún.

Sana alegría desbordaban los Pilatos al perseguir a los chicos machete en mano, espera paciente y devota para asistir a la procesión que recorrería toda la enramada y después paseo en el parque; y cuántos idilios… ellas, liadas en su falda blanca con preciosos bordados en azul o rojo y a punto de cruz, tableadas en uno de sus lados; faja roja de varias vueltas apretando su cintura, mascada solferina o rosa cubriendo sus senos, collares abrazando su garganta, quexquén terciado al hombro dejando sus brazos descubiertos; trenzas negras y brillantes que levantadas, se cruzan enlazando cintas de tisú y grandes aretes de oro con incrustaciones de piedras y corales, todo esto haciendo el marco de sus caras morenas, frescas y rozagantes. Para ocultar el rubor de sus mejillas escondían la cara dando la espalda al indio que, vestido de blanco con paliacate o mascada de color chillante al cuello, parado a un metro de distancia, le decía: para huisi quin paxquilla a quiti quin paxquilla (Si tú me quieres a mí, yo te quiero a ti).

Y la espera era un largo y silencioso coqueteo; ella, alcanzaba con su mano la pared o el tronco del árbol o rascaba con la uña del dedo índice; él, juntaba arenita con los dedos de su pie derecho y hacía figuras campestres. En eso pasaban hasta una o dos horas y cuando al fin ella resolvía que sí, él emocionado, le brindaba en señal de compromiso una pulsera hecha con ramas de tepezapote; pero si la resolución no le favorecía, contestaba airado: para mi paxquilla huis, ni a quiti (Si tú no me quieres, ni yo a ti). Escenas románticas que aún llegan al corazón que se defiende del materialismo.



La fiesta seguía en grande durante 8 días; las horas se repartían entre la iglesia y el parque. Por las noches se quemaba el famoso torito de petate entre chiflidos y gritos de la chiquillería; pero el entusiasmo y la admiración crecían al prenderse los castillos hechos por los famosos coheteros de Cuetzalan.

El espectáculo era por demás pintoresco: los indios se encantaban en el tívoli de caballitos siempre recién pintados, pero con un toldo que los acusaba de una venerable vejez y que eran propiedad de don Benigno Rivera.

Había que verlos reír cuando oían gritar la lotería:

“La gallina puso huevos y nacieron los pollitos,
pónganle sus cuatro reales si quieren realitos.”


Los mercilleros con sus puestos y tómbolas ofrecían a los indios espejitos, collares de cuentas y mil baratijas; no podían faltar los zacuales y guajitos colorados, los baulitos de laca y el puesto de rebozos de don Trinidad que viene desde San Juan de los Lagos. Tampoco se dejaba de comer el famoso mole y las enchiladas que hacía don Anselmo, aquel viejo que año con año viene desde Tamiahua con todos sus útiles de cocina a la fiesta, ex profeso.