Así era la fiesta de Corpus Christi en Papantla de Olarte en 1943
Una orizabeña en las fiestas del Corpus en Papantla, Veracruz en 1943
Por Aarón Vargas Contreras
Con este trabajo se evoca la vasta obra de la profesora
Cecilia Bretón Fontecilla, quien nació en la ciudad de Orizaba, Veracruz en
1911, partiendo para siempre el 19 de abril de 1944, a un año de haber visitado
la ciudad de Papantla, Veracruz.
Estudió en el Conservatorio Nacional de México y en la
Facultad de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Dedicó su vida al arte y a la enseñanza musical en diversos
planteles educativos de la ciudad de México; también ejerció el arte de la
fotografía. Realizó investigaciones histórico-musicales, dejando pendiente un
calendario Folklórico Musical que abarcaría todas las regiones del país.
La sociedad Folklórica de México de la cual fue distinguida
socia, rindió homenaje a su memoria como un tributo a sus esfuerzos, incluyendo
este trabajo en la publicación del Anuario respectivo del año de 1943, volumen
IV, Edición de 1944.
Cecelia Bretón Fontecilla
De su fructífera estancia en Papantla, la destacada
folklorista nos dice:
“Rincón de corredor de una casa pueblerina, piso de ladrillo
colorado, pretil que es barrera del jardín, araucarias que se estiran
majestuosas, croar desesperado de ranas pidiendo a las nubes su pronta
eclosión, cielo en el que Venus desafía a la Luna con su brillar maravilloso,
caricia suave de aire tibio, perfume del jazmín que todo penetra, mecedora de
bejuco en que descansa mi cuerpo, y como un eco de la vida en el pasado, la voz
de mi viejo amigo me hace saber las cosas que en el tiempo se quedaron".
Me cuenta como en Papantla, para las fiestas del Corpus
Christi se construían bardas de barro forradas con pequeños ramos de laurel en
flor y tepezapote, de lo mismo se hacía la preciosa enramada de más de
quinientos metros de longitud, pues abarcaba dos manzanas edificadas, bajaba de
la iglesia, doblaba para seguir la calle al pie del Cerro del Campanario,
quebraba hasta encontrar la que debía llevarla de regreso al arco que mira al
oriente, y que aún está en pie, para entrar nuevamente al atrio de la iglesia.
Lo grandioso, lo que hoy parece fantástico, es que esta
grandísima enramada tan adornada y olorosa a tepezapote (casi olor a vainilla)
la construían grupos de indígenas que trabajaban con disciplina admirable en
una sola noche, la anterior al domingo de la Santísima Trinidad. Otros
centenares de indios llegaban al pueblo por la entrada de El Zapote o por la
del Pozo de la Cruz arrastrando el “palo” para los que por promesa ofrendarían
la expresión más fuerte y vigorosa del espíritu de la raza.
Llegando el miércoles y desde Coatzintla, la escultura del
Señor Santiago, cargada de reliquias y de flores, se traía en devota procesión
por la vereda ancha, subiendo y bajando cerros y atravesando vainillales. En el
monte se repetía el murmullo de rezos, melodías y ritmos de danzantes, el grito
de los “papanes” y el canto de alegres primaveras y como cinta de serpentina
blanca, caprichosamente tirada entre los verdes de la naturaleza, llegaban
hasta la parroquia del pueblo. Por las noches todos los rincones de las casas,
portales y parque daban albergue a los forasteros.
Tronar de cohetería seguido de repiques de campanas,
anunciaba el amanecer de Jueves de Corpus. La multitud, como enjambre de
palomas, que se movía camino a la iglesia y las melodías desprendidas de las
flautas de carrizo, impregnaban la alborada del sabor de la tierra totonaca.
Los danzantes divididos en varios grupos: Moros y
Cristianos, Santiagueros, Negritos, Maringuillas, Guaguas, Tocotines y
Voladores, llegaban simultáneamente hasta el atrio. Bellas y sugestivas
interpretaciones de las danzas, color y ritmo en el vestir, resistencia
formidable en la expresión, ofrenda de profunda raigambre ancestral que perdura
aún.
Sana alegría desbordaban los Pilatos al perseguir a los
chicos machete en mano, espera paciente y devota para asistir a la procesión
que recorrería toda la enramada y después paseo en el parque; y cuántos
idilios… ellas, liadas en su falda blanca con preciosos bordados en azul o rojo
y a punto de cruz, tableadas en uno de sus lados; faja roja de varias vueltas
apretando su cintura, mascada solferina o rosa cubriendo sus senos, collares
abrazando su garganta, quexquén terciado al hombro dejando sus brazos
descubiertos; trenzas negras y brillantes que levantadas, se cruzan enlazando
cintas de tisú y grandes aretes de oro con incrustaciones de piedras y corales,
todo esto haciendo el marco de sus caras morenas, frescas y rozagantes. Para ocultar
el rubor de sus mejillas escondían la cara dando la espalda al indio que,
vestido de blanco con paliacate o mascada de color chillante al cuello, parado
a un metro de distancia, le decía: para
huisi quin paxquilla a quiti quin paxquilla (Si tú me quieres a mí, yo te
quiero a ti).
Y la espera era un largo y silencioso coqueteo; ella,
alcanzaba con su mano la pared o el tronco del árbol o rascaba con la uña del
dedo índice; él, juntaba arenita con los dedos de su pie derecho y hacía
figuras campestres. En eso pasaban hasta una o dos horas y cuando al fin ella
resolvía que sí, él emocionado, le brindaba en señal de compromiso una pulsera
hecha con ramas de tepezapote; pero si la resolución no le favorecía,
contestaba airado: para mi paxquilla huis, ni a quiti (Si tú no me quieres, ni
yo a ti). Escenas románticas que aún llegan al corazón que se defiende del
materialismo.
La fiesta seguía en grande durante 8 días; las horas se
repartían entre la iglesia y el parque. Por las noches se quemaba el famoso
torito de petate entre chiflidos y gritos de la chiquillería; pero el
entusiasmo y la admiración crecían al prenderse los castillos hechos por los
famosos coheteros de Cuetzalan.
El espectáculo era por demás pintoresco: los indios se
encantaban en el tívoli de caballitos siempre recién pintados, pero con un
toldo que los acusaba de una venerable vejez y que eran propiedad de don
Benigno Rivera.
Había que verlos reír cuando oían gritar la lotería:
“La gallina puso huevos y
nacieron los pollitos,
pónganle sus cuatro reales si quieren realitos.”
Los mercilleros con sus puestos y tómbolas ofrecían a los
indios espejitos, collares de cuentas y mil baratijas; no podían faltar los
zacuales y guajitos colorados, los baulitos de laca y el puesto de rebozos de
don Trinidad que viene desde San Juan de los Lagos. Tampoco se dejaba de comer
el famoso mole y las enchiladas que hacía don Anselmo, aquel viejo que año con
año viene desde Tamiahua con todos sus útiles de cocina a la fiesta, ex
profeso.
Etiquetas: ¿Ya lo sabes..., Cultura General, Historia, Papantla



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