martes, 10 de septiembre de 2013

El Chato Martínez - Crónica



Por Alma Rosa González Herrera

Amable lector, mi pluma te habla plasmando en estas páginas la semblanza de una persona que convivió y participó con los máximos exponentes de la Bohemia Papanteca.

Hombre de gran corazón, bromista, alegre, ocurrente, fiel a sus amigos y a sus ideales, amigo a carta cabal.

Su nombre es: Leovigildo Martínez Passaron, mejor conocido como El Chato Martínez.

A cualquier fiesta que asistía, de inmediato se notaba su presencia. Se permitió bromas que por su originalidad causaban sorpresa, como la que se permitía año tras año en nuestra tradicional fiesta de Corpus Christi; no faltaba a la corrida de toros, amaba la fiesta brava y la disfrutaba, sobre todo cuando el torero daba la vuelta al ruedo garbosamente, mostrando sus trofeos, el rabo y las orejas del toro; el público asistente como un homenaje al diestro, le lanzaban, los hombres sus sombreros y las damas una flor, un pañuelo o cualquier pertenencia, llegando incluso a lanzar sus zapatillas o botas.

El chato invariablemente lanzaba un pequeño envoltorio a las manos del torero, el cual al caer a veces al suelo, era recogido por éste y al extenderlo quedaba ante los ojos atónitos de todos los asistentes, unas enormes pantaletas de color lila, que en algún momento habían servido de publicidad a la marca de ese producto, y que por el tamaño más bien parecían echas ex profeso para una elefanta, lo que provocaba la sonrisa del torero y las carcajadas del público. ¡Así se las gastaba el Chato Martínez!

Hermano de grandes compositores y músicos, como lo fueron: Nemorio Martínez, Augusto Martínez, Ricardo Martínez y Juan Martínez Passaron, todos ellos emprendieron el misterioso viaje sin retorno, dejando un enorme vacío que muy difícilmente será ocupado, fueron el alma de la Bohemia y autores de bellas canciones que enmarcaron con el requinto de Juan, el piano de Augusto y sus voces timbradas y entonadas deleitando con sus interpretaciones a cuanta persona tuvo la dicha de escucharlos, siendo la más conocida: Nimbe, convertida en el himno de Papantla por los propios ciudadanos, interpretada por el trío Tutunakú, trío los Extraños, la Sinfónica de Jalapa, la Sinfónica del Estado de México, la Nena Guzmán y Estrella González Herrera. Si ellos fueron el alma de la Bohemia, el Chato fue el corazón. Nunca lo vi tocar un instrumento, con excepción en una velada literaria musical en la que acompañando a sus hermanos tocó una quijada de toro, de pronto se escuchó la voz de Doña Julieta Calderón pidiendo: “¡Un solo de quijada del Chato!”, lo que causó las risas de los allí presentes y del propio Chato.

En otra ocasión cuando un presidente municipal intentó por medio de un conocido locutor que hablara en representación del Patronato de Bomberos, le contestó muy molesto: “Yo no lo puedo hacer porque el Presidente del Patronato es el Ing. Camacho o el Dr. Tognola, ellos son los indicados”.

-Pero el presidente no los quiere

-Pues dile al presidente que vaya y chin$%&

-Pero no te enojes Chato.

-Cómo chingaos no me voy a enojar, eso no se hace.

Ante tales circunstancias le pidieron al Dr. Tognola que hablara, él se había dado cuenta de lo que sucedía, sin embargo, aceptó como hombre educado que es, pero no podía hablar bien, se le trababan las palabras del coraje que tenía (entrevista realizada por Alma Rosa González H., al Patronato de Bomberos en agosto de 2008).

Amigo leal, como lo hemos visto en la anécdota anterior. De este ser extraordinario puedo decir que gocé de su aprecio, como también del de su familia; esposa e hijos son ampliamente correspondidos, se siente la afinidad y el cariño, y cuando es así las palabras salen sobrando.

Tal vez también como mi anterior personaje, no fue monedita de oro, pero para muchas personas, y entre ellas yo, son de valor incalculable; enriquecieron mi vida y también iluminaron con su presencia el cielo, los cerros y las calles de Papantla. Gracias, muchas gracias por estos seres que ya se fueron y por los que aún viven que siguen dando luz y amor a nuestra amistad.

Se despide de ustedes, pacientes lectores, Alma Rosa González Herrera.