viernes, 9 de noviembre de 2012

La noche eterna

Cuento
 Ariosto Uriel Hernández


“La muerte es el comienzo de la inmortalidad” Robespierre.
Las uñas en la sombra, aferrándose a ella como para no olvidar el caos que agrietó las cosas, las vidas. La noche vislumbró un paisaje en la piel de nadie: todos se habían ido, a todos se los llevaron contra su voluntad. Cualquier noche de otoño hubiera quedado inmóvil, en el olvido; no ésta que el relámpago hirió, que la tristeza parió.
La noche profunda, el mar profundo se hicieron omnipresentes; la faz de las olas olvidó su espacio y en torrentes de sangre sacudió los rincones de cada casa, de cada pueblo, de cada alma.
Desde hace un año me pregunto: ¿cuánta agua cabe en una noche? Y en mis adentros se agazapa el temor de averiguarlo. ¿Se desplomó el cielo de octubre para recordar a los nuestros en noviembre? Desde hace un año el pecho se me rocía de nostalgia.
Hoy las paredes de mi casa, mi antigua casa, se impregnan del olor del Día de Muertos. Mi madre y mi abuelo van al campo transportando en la mirada un río de sombras, de cuerpos, de adioses jamás pronunciados. Tienen en el alma grabada esa noche insomne llena de rumores y lamentos. Caminan en silencio, llevando en sus pasos el deseo de extraviar esas voces ahogadas. Aliados en su dolor, van por la vereda con el corazón oprimido por las manos de la tragedia. Abajo dos almas llenas de pena; arriba, el cielo va poblándose de nubarrones, presagiando la tormenta.
Apuran el paso y su esfuerzo se ve recompensado: el camposanto se asoma con sus cruces de madera y tumbas recién blanqueadas. Algunas personas, envueltas en recuerdos de aquellos que se fueron, terminan la limpieza del llano de las sombras. Mi madre y mi abuelo se acercan pisando la maleza acabada de cortar y con sus ojos marchitos saludan a las presencias casi fantasmales. No emiten palabra alguna, pues sienten incrustadas en la lengua las letras de cada epitafio que van pasando, hasta cruzar ese pequeño reino de los sueños.
Más allá, cerca del arroyo que hace un año se hizo mar, la naturaleza sobreviviente del naufragio ofrece sus frutos para asistir a los altares de cada familia. Ahí, mi madre y mi abuelo descansan brevemente y después se disponen a tomar lo indispensable para la celebración del Día de los Difuntos.
Cuando el sol se decide a dar por terminada su jornada y los pájaros vestidos de luto regresan, en un estallido de graznidos y aleteos, a los hombros de los árboles, mi madre y mi abuelo han dejado a sus espaldas el camposanto con los eternos brazos abiertos de sus cruces, siempre dispuestos a recibir.
Con la escasa luz de la luna resbalando en sus mejillas y la oscuridad creciendo desde adentro, llegan extenuados a casa. Como para no despertar a los elementos de la noche, con sumo cuidado colocan en una mesa su valioso cargamento, junto a otras ofrendas y un blanquísimo mantel.
Una vez cumplida su tarea, se retiran a descansar, para seguir cultivando el sempiterno anhelo de vencer al tiempo que devora nuestros días terrenales.
Por fin, la lluvia se desata, sacudiendo en el interior de mi noble gente el temor de un nuevo diluvio. Es la tormenta que atormenta los corazones. En la noche entera se introducen el agua y las plegarias.
Abro los ojos y percibo la ligera claridad del nuevo día, que moja su rostro en la inacabable tempestad. Respiro profundamente para invadir mis pulmones del olor de la tierra mojada: la siento tan cerca y mía como si nunca me hubiera separado de ella. De la mano del viento, sigo el camino que mi madre y mi abuelo recorrieron al salir de casa.
En mi andar, observo a mi alrededor unos cerros heridos por las salvajes garras de un gigantesco animal nocturno. Allá, a lo lejos, distingo la espalda fracturada de un puente abandonado y unas humildes chozas destrozadas por las inclemencias del tiempo. Huellas de aquella noche que nos cayó encima: en el cuerpo, en la memoria.
Al arribar al camposanto, un gran silencio me da la bienvenida, abrazándome con aires de familia. Frente a la tumba de mi madre y mi abuelo nace de mis labios una oración. Enciendo una veladora, protegiéndola del viento del olvido. El dolor se materializa y mana deslizándose hasta humedecer los recuerdos. Abandono este lugar pensando en el cercano reencuentro con ellos.
De vuelta a casa, unos ramos florecieron en mis manos, y determino sembrarlos en el jardín de la entrada, para que desde ahí miren pasar a la procesión de almas que visitan el altar. Estoy seguro que mi esposa y mis hijos cuidarán estas nomeolvides, cuando me vaya.
Con el agua hasta los huesos, acudo al llamado del hermoso altar construido por mi familia: con sus naranjas amarillas como soles, que iluminan el arco de verde y ancho tepejilote; verdes también las limas y amarillos los plátanos suspendiéndose en calma. Ancladas en el arco, las flores de cempasúchil contemplan a los difuntos. Al fondo, la novia catrina de Posada me sonríe desde su calavera de papel picado y la Virgen de Guadalupe transmite su ternura. Las llamas que se agitan en las velas y veladoras me señalan el mole, los tamales, el pan de muerto, el chocolate, el atole y otros alimentos preferidos de los visitantes del más allá, todos distribuidos ordenadamente. Participan en este homenaje, además, las fotografías de mis antepasados: la sabia tatarabuela Ángela y el viejo Nicolás; Lucía, mi bondadosa bisabuela, vivía en la mirada del anciano Pedro; la sonrisa capturada del abuelo Efraín; y mi madre Silvia, de rostro sereno, con su eterna mano en el mentón. Hermoso altar colmado de ofrendas, de tradición y de respeto.
Cierro los ojos y aspiro el penetrante olor del incienso que se quema en el lomo de un armadillo de barro (herencia de mi tatarabuela, por cierto). Me concentro en otra fotografía recostada en el relieve del altar: 30 años de mi vida alojados en esa imagen. Abro los ojos al sentir la suave presencia de mi madre y mi abuelo; vestidos con el traje blanco de aquella dimensión, nos llevamos en la esencia del alma los sabores y aromas del altar.
Nos alejamos lentamente. Nuestros cuerpos se desvanecen en la lluvia, como en esa noche eterna que nos arrebató hace un año.