miércoles, 22 de febrero de 2012

El cambio


Cuento
Efigenio Morales Castro


Antes de salir de mi casa, pues creo que es a mí al que buscan, platicaré algo de lo que ha sido parte de mi vida. Y digo parte, porque la plática se las daré desde el momento en que comencé a cambiar; en pocas palabras, confesaré ese algo que nació en mí sin que pudiera evitarlo.
No soy una persona ignorante; puedo considerarme culto.
Con el correr del tiempo he llegado a comprender que la cultura no tiene nada que ver con la sensibilidad y forma de ver el mundo por parte del humano. Y yo soy humano.
Estudié letras españolas. Una carrera que como ustedes verán, abre el panorama a toda persona que quiera considerarse con una cultura amplia, incluso, erudita. Puede ser que yo no sea esto, pues son pocos los que alcanzan ese nivel, como por ejemplo don Marcelino Menéndez y Pelayo, Guillermo de Torre, Alfonso Reyes, Julio Torri, por solo mencionar algunos nombres célebres. Ah, la celebridad, ese puñado de quehaceres soberbios que siempre pierde a uno; te vuelve un inútil en la humildad.
Pero decía que estudié letras españolas.
Yo no sé de manera acertada qué me orilló a escoger esa carrera; a mí siempre me gustó la biología. Encontrándome en la juventud plena me entró la cosquilla de estudiar letras y esas cosas. Antes de que ingresara a la Universidad, me entregué a la lectura completa. Novelas, cuentos, ensayos, pasaron por mis ojos y cerebro. Me di cuenta de lo grandioso que es la literatura. Ese mundo imaginario fuera de nuestro alcance cotidiano. Oh, qué bonito es recordar esos momentos.
Olvidé la biología.
Los personajes de las novelas que leía estaban en mi mente. Siempre en mi mente (como dice Juan Gabriel). Danzaban sobre mis ideas; debido a eso tomé una decisión: me pondría a escribir.
Recuerdo que por las noches infinidad de acontecimientos corrían en mi mundo adormilado. Crímenes, robos, violaciones, seres extraños venidos de otros planetas conversaban conmigo; me pedían que asesinara al mundo por medio de mi letra. No es de extrañar que mi primer cuento, El extraño caso de la niña Doris, estuviera cargado de morbosidad. Es la historia de una chiquilla que no puede pasar del cuarto año de primaria. Pero no es que no pueda por ser retrasada, no, al contrario, ella ha premeditado bien un plan sobre cómo cortarles la infancia a sus compañeras. Sabe que el cuarto grado, es el ideal para las edades en las niñas y que puede gobernarlas por medio de sus ideas. Al último se suicida comiendo vidrios. También el cuento titulado Vacaciones para una mente perversa, está cargado de maldad. Es la vida de un médico que cada vez que llegan mujeres a solicitar consulta por problemas de menstruación, él las atormenta por medio de ideas horrorosas, a tal grado que cuando salen del consultorio, se van maldiciendo ser mujeres. El final es cruel, pues su esposa decide cortarle la lengua para evitar que siguiera cometiendo esos crímenes psicológicos.
Al principio eso me causaba placer. Disfrutaba las muertes que se daban en los cuentos. Me fui convirtiendo en un experto criminal por medio del pensamiento. Entonces llegó lo que ahora trajo a esos hombres.
Una mañana, más o menos en el mes de mayo de 1988, desperté siendo diferente. Al mismo tiempo que todo me irritaba, sentía un miedo profundo, una angustia por todo, de todo. Entre más pasaban los días, más me sentía de esa manera, a tal grado que empecé a esconderme de las amistades de mi mujer y mías. Olvidé escribir. Sólo pensaba en cómo escapar de aquello que me seguía y que yo no podía ver. Sentía ojos, muchos ojos sobre mí, observándome. También me di cuenta de otra cosa: mi hija había crecido, estaba hecha una mujer.
Los pensamientos malvados nacieron en mí. Creía verla entrar en hoteles, hacer el amor con sus amigos. Decidí matarla.
Estudié sus costumbres.
Todos los sábados supuestamente iba de día de campo. Sí, cómo no, ya parece que voy a creer que sólo corría para ir de excursión. Probablemente se daba sus encerrones con algún pelafustán; y su madre como vil tonta esperando a que regresara. Mi niña, ya te preparé el baño, no camines descalza que vienes con los pies calientes, no tomes frío, en fin, tonterías haciéndola ver como una mujer sin pecado.
Ese sábado que falleció, puse vidrio molido en sus sándwiches. Dicen los médicos que le destrozaron los intestinos. Mejor, así dejó de acostarse con cualquiera.
Los nervios se me alteraron con el llanto de su madre. Cómo le lloró la desgraciada. Ni cuando a mí me corrieron del trabajo soltó semejantes mocotes como con la muerte de la hija.
Yo hablé con ella, con la difunta, una noche a oscuras. Tenía como quince días de muerta. Le dije sus verdades. Ella me confesó que era su madre quien la obligaba a revolcarse con los hombres.
No podía creer eso. Mi esposa obligando a la hija a fornicar. Decidí darle un escarmiento.
Mi mujer tardó mucho platicando con el cartero aquel día en que ella también murió. Probablemente se quiso acostar con él con tal de que le llevara una carta a la hija. Suya, porque mía no. Dejó de ser de mi sangre desde el momento en que comenzó a putear.
Agarré un cuchillo grande y fui acercándomele poco a poco cuando estaba en la cocina. Al verme, no pudo gritar, sólo abrió los ojos y de su boca escurrió abundante sangre.
El olor putrefacto es lo que atrajo a esos hombres que están esperándome.
Iré con ellos.
No sé a dónde me llevan pero iré con ellos.
Si tratan de hacerme daño, ya idearé una historia que se adapte a sus personas. Total, se ven presentables como personajes.