domingo, 23 de octubre de 2011

El Salto de Eyipantla


Por Abel Hernández García

El viaje fue monótono, nada de particular, pero cuando llegamos a Eyipantla la cosa cambió. Para empezar estaba lloviznando y lo único que se veía era una pequeña plaza exprofeso para el turismo, del cual parece ser que sobrevive la población; y en cuanto descendimos del autobús, un grupo como de 15 muchachas y niñas nos abordaron tratando de hacernos caer en una artimaña comercial, de la cual estábamos enterados gracias al Lic. Javier Gutiérrez (que era nuestro guía) que nos explicó con anterioridad en qué consistía: te ofrecen que pruebes una pequeña bola de tamarindo con azúcar (y realmente no sé si con algún otro ingrediente) aparentemente sin ningún compromiso; si lo aceptas y lo comes, tendrás que pagar la bolsa completa de tamarindo, la cual te sale en unos $50.00; si después de comer la bola de tamarindo que te ofrecen, te rehusas a pagar, te seguirán a donde vayas pidiéndote el dinero hasta que les pagues, y esto lo hacen de forma escandalosa para que te veas apenado y pagues el importe. Si no aceptas la bola de tamarindo, simplemente te seguirán insistiendo durante unos 5 metros lejos del camión turístico (no se alejan mucho del área de llegada para intentar con otras personas). Ninguno de los pasajeros se atrevió a experimentar lo dicho anteriormente, por lo tanto, lo único que me consta es que te ofrecen la bola de tamarindo sin decirte que tiene algún costo, y te insisten durante varios metros mientras te alejas de tu autobús, hasta que se dan por vencidas y regresan a intentarlo con otros pasajeros.

Después de que todos bajamos del autobús, nos dispersamos para ver las artesanías y recuerdos que venden en la pequeña plaza, después de unos 10 minutos nos reagrupamos en dos grupos para desayunar, el lugar que elegimos en nuestro grupo fue uno con vista a la cascada y que se encuentra al fondo de la plaza en la parte alta de una casa. La vista a la cascada es aceptable, pero el lugar es completamente horrible, está construido sobre la azotea del primer piso y tiene el techo de palma con muchas filtraciones, lo cual se notaba más porque seguía la lluvia; de manera que era difícil determinar cuál era el mejor lugar: uno que tuviera goteras u otro que tuviera charcos de agua, pues el piso era irregular y no tenía un declive para sacar el agua de las goteras. Pero a final de cuentas lo de menos era el agua, lo realmente pésimo fue el servicio; muy pocos pidieron desayuno debido a que se llevaba un pequeño refrigerio, la mayoría pedimos solo café (el café que pedí nunca llegó) y luego decidimos descender hacia la reserva ecológica, donde se aprecia de cerca la caída de la cascada y otras áreas de interés. El acceso tiene un costo de $10.00, pero como éramos más de 40 negociamos para que nos dejaran el boleto en $5.00 por persona. El descenso está muy bien cuidado, incluso hay un descanso a mitad de él; la flora es exuberante, aunque la fauna muy escasa.

Al llegar al nivel de la cascada, que está a unos 60 metros bajo la plaza a que llegamos, se logra percibir el ruido de la caída del agua, a pesar de estar por lo menos a unos 50 metros de la base de ella; este ruido fue el que nos orientó hacia donde encaminar nuestros pasos. La cascada es impresionante, probablemente se debía a que desde días antes se había mantenido la lluvia, pero tenía un gran caudal que nos impresionó. La brisa producida era tan abundante y se levantaba tan alto que alcanzaba la altura de la cascada y varios metros hacia el frente. El camino establecido te lleva directamente a unos 5 metros de la base de la cascada, un lugar ideal para tomarte una foto, aunque tendrás que soportar un buen baño debido a la incesante brisa. Más adelante se encuentra una pequeña plaza donde podrás adquirir recuerdos y artesanías, comida, masajes, etc., o simplemente disfrutar de la belleza natural de tanta vegetación. Después tendrás que prepararte para subir los 244 escalones para regresar a tu autobús. Vale la pena visitar el lugar, te lo recomiendo.