lunes, 3 de octubre de 2011

El demente


Prosa
Juan Pérez Salazar
Hoy es pobre, pero no porque le  hayan despojado, sino porque tiró lejos de sí lo que poseía.
                                                                                                               Nietzsche


            …Permanecía descalzo, con el pantalón raído, sin color definido, como las fotografías que han perdido su tonalidad comidos por el tiempo perverso. Con un movimiento alterno movía el polvo del piso, con esa especie de garras que eran sus pies. Apenas formaba un círculo, y enseguida lo borraba para comenzar de nuevo, con parsimonia, como si con ello quisiese desvanecer la materia, o como si buscase una puerta u oráculo, que le diese una verdad que nunca aparecía.
            Ahí, sentado en esa banca solitaria olvidada por los hombres, con el polvo inoportuno y las hojas muertas, como su mirada, impenetrable y perdida abandonado en ese movimiento suave de mentón y hombros empujando el aire; ora al frente, ora atrás.
            La camisa, se había convertido en una costra negra y brillante, con el cuello herido, hediondo y sofocante, eternizada y tiesa aplastando la carne enjuta, con sus largas mangas como miembros muertos, el tiempo era una lepra carcomiéndole los puños. Sin embargo, su mirada se extendía profunda y ajena, inalterable, abarcando las figuras rotas por sus pies deformes, filosofando en quién sabe qué cosas, desdeñando a las intrépidas moscas que sobrevolaban sus sienes dándole un aire sacro.
De vez en vez, su frente morena, curtida por la mugre y el sol, se transformaba en pliegues con profundas líneas, mostrando el perfil de una real misericordia, y que en segundos, alternaba con lapsos de una dulce paz…
            Permanecía ajeno, ignorante y solo, perdido en no sé qué distancia, sin tiempo, sin pasiones (tal vez, todo él era una pasión), con su sombra y su juego, su interminable juego de ciclo inmundo; con el cabello ralo y la barba hirsuta, indiferente al roce del viento vespertino.
            …Algo que pareció escupitajo cayó sobre su hombro izquierdo, no lo sintió; como tampoco percibió los gritos de las aves, sobre la enramada del eucalipto a sus espaldas…
            Ensimismado en su ortodoxia inerte, la noche le cayó encima y lo convirtió en sombra; su naturaleza fue la del sol oculto, la del mundo invisible, la del canto a capella, sin ritmo, sin melodía, con la medida rota, con la acústica presa en sus sienes, como su movimiento oscuro, como el final de su mirada; sin el amor a la vida o el temor a la muerte…