domingo, 25 de septiembre de 2011

Mecatlán


Cuento
Efigenio Morales Castro *

Acabo de sepultar a mi compadre Nabor. Vengo de allá de ese barranco que también se tragó la iglesia con el padre Lucio adentro cuando yo era muchacho. Allí lo enterré. No quise meterlo al cementerio porque éste está en cerro y desde ahí me puede mirar mi compadre. Yo no le tengo miedo; nunca se lo tuve. Mira compadre, un día de estos te parto la jeta, siempre se lo decía cuando tomábamos aguardiente en la cantina de Cirilo. Y lo cumplí. De eso vengo.
Compadre Vicente, sólo estoy jugando, me dijo cuando vio que saqué el machete. ¡Pero yo no! Y se lo metí en la panza. Lo tiré al suelo. Levanté el machete después de haberlo sacado de sus carnes requemadas por el sol y lo dejé descansar en su cabeza. Ni un aullido lanzó. Antes en los bailes sí lo hacía y bailaba como culebra. Dos tragos a la botella y hablaba: compadre, me gusta tu muchacha. Yo escondía el coraje en el pecho y en el morral. ¡Pobre de mi compadre: lo tuve que matar! Nadie vio nada porque... usted sabrá que aquí en Mecatlán siempre llega la neblina desde abajo. No sé si venga de Coyutla o de Santo Domingo; quizá de Huitzilan. Pero siempre llega acá. Todos los días lo hace. Usted debe ver eso. Mi compadre lo vio y por eso quiso correr. No lo dejé; por eso vengo de enterrarlo.
El era de Santo Domingo; de ese pueblo que se ve allá abajo. ¿Dice que no lo ve? Pues como lo va a ver, si sus casas están casi enterradas. Aquí en Mecatlán no son así, aquí están arriba; como si quisieran volar.
Yo le hubiera perdonado lo de mi muchacha, porque a fin de cuentas, tarde o temprano tiene que merecer hombre. Lo que sí no le perdoné es que desde la fiesta de San Miguelito del milagro, dejara de invitarme aguardiente. Tú danzarás de Santiaguero, compadre, sin chupar aguardiente, me dijo el 29 de septiembre pasado. Y dancé de Santiaguero. Después me lo siguió negando; eso no se lo perdoné. Niégame otra cosa, compadre, pero no la cañita, le dije todavía en la mañana. Sonrió y bebe y bebe solo. Lo seguí hasta el barranco. Usted ya lo sabe; lo maté.
No es el único que he matado; pero sí al primer compadre. Tengo otro en Huitzilan; iré a tomar aguardiente con él. Si me lo niega... es mejor que no lo haga. También allá la neblina me protege.

* Miembro de la Coordinación Papanteca de la Unión Estatal de Escritores Veracruzanos.