viernes, 5 de agosto de 2011

Mural Los Voladores



Autor: Profa. Ángela Imelda Reyes de Torres Torija (1967)
Recopiló: Prof. Carlos V. Torres Torija


La elección (1ª fase)
El caporal de los danzantes, en compañía de la autoridad de la congregación donde vivieran, seleccionaban el mejor árbol y la propia autoridad reuniría a los indígenas del lugar que habrían de ayudar a derribarlo mediante el corte; se llevaba a cabo la ceremonia en honor al viejo del monte o Quiwihui Kgolo, consistente en: limpiar perfectamente alrededor del palo en forma circular, colocaban, recargadas en el árbol, botellas conteniendo aguardiente, jerez y anisado, en los distintos rumbos cardinales y una vela en el lado este. Vestidos con su indumentaria de uso común, los danzantes que iban a actuar hacían reverencia o saludo hacia el este y bailaban alrededor, pero deteniéndose en cada punto cardinal para reverenciar al árbol. Sin dejar de bailar al son de la flauta y el tamborcito, conforme iban pasando donde estaban los recipientes, rociaban con la boca al palo, siempre deteniéndose en los distintos puntos cardinales. Al ritmo del baile, los danzantes iban clavando levemente, en distintos lugares, el hacha con que derribarían el árbol. Acto seguido se procedía al corte. Donde estaba el árbol encendían la vela y volvían a bailar.

El arrastre (2ª fase)
Derribado el árbol, lo derraman y en la parte más gruesa se amarraba los bejucos. Para facilitar el arrastre le colocaban debajo del palo madera rolliza.







El levantamiento (3ª fase)
Llegado el palo al lugar del ceremonial, lo condicionaban amarrándole bejucos alrededor para formar la escalera por donde ascenderían los danzantes. Otro indígena preparaba el extremo donde colocarían la “manzana” (Cuacomitil), haciendo el acomodo de la misma, que penetraba en la punta como unos veinte centímetros. Con tijeras de tarro o maderos largos, iban levantando un extremo del palo, hasta colocarlo dentro de una oquedad como de 3 metros de profundidad por 1.25 metros de diámetro.
Al fondo de dicho hueco colocaban una gallina viva o en su defecto blanquillo, tamales, pan, aguardiente rociado, así como jerez. Todo ello como ofrenda a la Tierra, la diosa Quiwhuichat.



El vuelo (4ª fase)
Es creencia de los danzantes el que deban aguardar ayuno y evitar contacto carnal con la mujer, pues si tal cosa es violada, seguramente sucede alguna desgracia durante la ceremonia o posteriormente.
La danza fue en su origen eminentemente religiosa. Consistente esencialmente en el desprendimiento de cuatro danzantes atado por la cintura a unos cables enrollados en la parte superior del mástil y que cruzando por encima de un “cuadro” de madera que pende de la “manzana” (especie de carrete de madera colocado en la punta del palo), se lanzan al espacio hasta llegar a tierra, mientras un quinto danzante queda sentado sobre la “manzana”, tocando su tamborcito y lanzando al aire las notas de su flauta de carrizo. Este mismo danzante es el que tiene, con anticipación al “vuelo”, a su cargo la parte más difícil del ritual de la danza, hace malabarismos al compás del tamborcito y la flauta, que él mismo ejecuta.
La parte simbólica de la danza radicaba en el hecho de que las cuerdas que sirven para el descenso debían ser de tal magnitud que alcanzaran para hacerlo en trece vueltas hasta tocar el suelo. Estas vueltas multiplicadas por cuatro que ejecutaban el “vuelo” dan como producto 52, que era el número de años de que constaba el siglo de los totonacos.
La idea original de los Voladores fue asociada con el concepto nativo que considera al cielo como deidad masculina, cuya esencia es el fuego, y a la tierra como deidad femenina, cuya esencia es el agua. La conjunción de estos elementos produce la fecundidad.
Todo el ritual de la danza se lleva a cabo al compás de la música a base de la flauta de carrizo, con acompañamiento del tamborcito ejecutando El Son de la Calle y el Son del Perdón.
Completan el mural, en la parte media inferior, un bloque de piedra con el “mascarón del matrimonio”; unión que da lugar a la multiplicación de la raza totonaca, representada simbólicamente por la pareja autóctona. Las caritas sonrientes son la expresión del carácter afable del totonaco cuando sale a recibir a sus conocidos, para brindarles un recipiente con atole refrescante (ixcuta kela).