miércoles, 27 de julio de 2011

Tránsito Pájaro Chiquito

Cuento
Efigenio Morales Castro


Ellos dijeron que el asesinato había sido brutal. Antes confesaron no saber nada; después hablaron abanicando las palabras: el machete cortó el silencio y se enterró en la espalda de Matías. Asustados, contaron al juez que la “charrasca” no dejó huellas en el aire; sólo quedó estampada la sangre en aquella tierra pálida donde el viento la levanta a cada rato.
Tránsito Pájaro Chiquito no dijo eso, él contestó con llanto y la “moqueada” se prolongó durante horas. Esa “moqueada” era distinta a la de niño, diferente en tamaño y angustia. Nunca le había escurrido como en este momento y también nunca lo habían culpado de algo tan delicado como lo estaban haciendo ahora esas bocas que no vieron los hechos pero que sí hablaban. Esas “jetas” hicieron que la conciencia se divorciara del sueño. No durmió en varios días. Cuando lo hizo, se vio jugando al lado de Matías. Eran “escuincles”. Después volvió a presenciar lo que había ocurrido años atrás, lo que quizo que no hubiera pasado. Cuando despertó, volvió a sentarse sobre la realidad. Miró la prisión tan grande como la culpa que le querían amarrar.
Cuanto diera por estar en Azumiatla aunque el viento metiera el polvo por mis ojos. Total, esa tierra sale, con lágrimas pero sale. En cambio yo, ni llorando lograré tumbar esta masa de piedra pegada, así pensó Tránsito Pájaro Chiquito. Aflojó el cuerpo y su cabeza descansó nuevamente en la negrura del sueño.
Llegó hasta la punta del cerro y devisó la iglesia; se veía pequeña en comparación con su tamaño. Descubrió Tecola, aquel pueblo que también levanta polvo y engendra gente con cara triste y la borrachera en la cabeza. Atrás de él quedó escondida la barranca del Ahuacate. Por allí sus piernas se fueron haciendo grandes. Cuando se dio cuenta el cuerpo había cambiado y tuvo que aprender a usar la cuchara de albañil y partir todos lo días a la ciudad. Después sucedió lo que no quiso que pasara y nunca más agarró las herramientas ni revolvió la mezcla. Hoy, la barranca estaba ante él, señalándolo de algo, de un crimen donde un machete no hizo ruido, sólo se dejó girar por manos empapadas de odio escondido entre una piel morena y curtida por el sol.
“¿Dice usted que antes fue campesino y albañil?” Sí, señor juez. Antes trabajó de todo eso y hasta hace días se dedicó a la cantada. “¿Sabe cómo cometió el crimen?” Sí, también lo sé. Fue con un machete. Tránsito Pájaro Chiquito esperó a Matías por la barranca del Ahuacate, después le dio y le dio. Fueron muchas dadas hasta que el cuerpo de Matías no pudo recibirlas porque ya no tenía espalda. Así fue la matadera. Tránsito lo hizo de noche; la Luna se había escondido en una nube y no pudo ver. Tránsito aprovechó eso.
¡Yo no maté a Matías, les juro que no lo maté! Siempre vengo a la ciudad y me regreso al pueblo. Nunca me detengo en la barranca del Ahuacate; allí hasta las sombras me hacen daño. ¡Les juro que yo no lo maté!
No le creyeron.
Dictaremos la sentencia, dijo el Magistrado mientras las palabras se disolvían con el humo del cigarrillo. Así se hizo. Esas palabras se hicieron grandes en los periódicos. La fotografía de Tránsito Pájaro Chiquito estaba inmóvil en primera plana. Todo él se veía. Sólo faltaron los brazos que años atrás perdió en un accidente. Por eso nunca volvió a utilizar la cuchara ni a revolver la mezcla.