lunes, 2 de mayo de 2011

DEL DIÁLOGO CON LA MÚSICA

Prosa
Juan Pérez Salazar

 

Cuando todo lo dice una melodía, sobre todo, si es interpretada en un viejo piano, donde los años y el uso ofrecen en sus notas la inigualable quintaesencia...El mundo deja de girar...Las manecillas del tiempo enmudecen y se derrumban en un gesto daliano...Entonces todo es correcto, todo queda concluido porque las notas rebasan el ensueño, se llega a la medida exacta en la totalidad de las cosas...Todo se inmacula, los colores adquieren tonos álgidos, los silencios se conjugan dando origen a la sublimidad.

            El marfil de las teclas, a lo largo de la escala alcanzan la exactitud y la seducción del sonido más limpio, convirtiendo el sentimiento y la pasión del hombre, no en tragedia, sino en virtuosidad sobre el arte más noble, la música.

            Así sin más, florear los sentidos, traducir las notas en el más alto lirismo, entender la música como la prolongación del ser mismo, inmiscuirse en el diálogo y navegar entre la simultaneidad de tonos equivalentes y llegar hasta la utópica reminiscencia de los latidos primeros de nuestra existencia, entre el contrapunto y la polifonía de los tonos graves y agudos, hasta concluir en el punto de fusión y ser parte de la armonía, para descubrir el instinto primero del compositor e identificarnos en ese parentesco que abrigan las pasiones.

            Sin duda, la seducción se viste de múltiples facetas, y cuando ésta se vale de la música para construir su campo de altas satisfacciones, entonces; quien hace la música, se convierte en un romántico al que  de antemano se le abren las puertas de las fibras más íntimas del corazón humano.

            Ante el perfecto desamparo de las frases, Satie irrumpe en el diálogo universal del hombre[1] con su incomparable “Gymnopedie primera”, tan llena de serenidad desde sus primeras caricias lentas, hasta ese final que nos obliga a sentir un dejo  insaciable,  que bien podría reproducirse en lo eterno, en un vaivén suave de mar calmo, con el paraíso emergiendo  de los dedos, arraigando con las notas alguna ­­ nostalgia perdida, algún deseo inconcluso o vaticinando la gran finitud del hombre

en el océano del tiempo. Sin embargo, si se quisiese mirar los abismos insondables de la melancolía, bastaría con husmear en los acordes de la “Sonata No. 14” de Beethoven, so pena de palpar con infinita misericordia del profundo dolor, y la gravedad del destino de un alma atormentada, adivinando cómo el genio[2] se derrumba al finalizar el resquicio de la última nota sobre las aceradas tablas de    las penumbras de su piano.

            Haciendo una somera comparación del tema: “El Cisne” de Saint Saëns, ejecutada en la solemnidad y protocolos del piano, lo más parecido sería encontrar esa armonía, sobre los escaques blanqui-negros de un tablero de ajedrez, con sus movimientos de avance y retroceso, como si de un vals voluptuoso se tratase, a veces dejándose llevar como un lento capricho, o recogiéndose insumiso ante el inminente obstáculo de un cambio, que se antoja imprevisto en el tendedero[3] de las notas, que bien puede ser la caída de un tono bajo a uno alto, o el peligro inadmisible que supone un jaque al rey.

Es difícil traducir el embeleso que produce el lenguaje musical, incluso bajo la frase más suntuosa, pues puede llegar a limitarse su expresión omnisciente. Debe dejársele verter como una fuerza inasequible, como un poema sui generis, sabedores que la irreverencia de su torrente, dejará huellas delebles en nuestro organismo, como los profundos surcos dejados por los ríos a su paso, y aún cuando su flujo se halle interrumpido, quedará el fósil de la vida en su relieve.

            Quiero enfatizar a manera de epílogo inmiscuyéndome en lo profano, con esta frase que extraje del aforismo número 142, referido a la simpatía, en la obra “Aurora” de Federico Nietzsche: “Creo que aquí está el origen de lo que llamamos sentimiento de la naturaleza, de la impresión que nos produce el aspecto del cielo, de los valles, de las rocas, de los bosques, de las tempestades, de las estrellas, de los mares, de los paisajes, de la primavera, etc.” [4]

Como punto final y con todo respeto para quién se sienta agraviado (aunque resulte paradójico) reconozco que el resto de las bellas artes sólo evoca una pálida “servidumbre de la música” [5] en cuanto a comprensión se refiere.



[1]     Refiero a la música como idioma.

[2]     Beethoven.

[3]     Pentagrama.

[4]     Federico Nietzsche. Aurora-El anticristo. Introducción de Juan Manuel Rodríguez. México. Edivisión en coedición con editorial LIBSA, España, 2000, p. 116. (cursivas mías.)

[5]     Frase enunciada en una amena charla por mi amigo Martín García Martínez, en el calor de su despacho. Papantla de Olarte.

--  Cordialmente,  Abel Hernández García Director de ¿K'atsiyatá? La Revista Cultural de Papantla  Visita: http://culturaenpapantla.blogspot.com/ http://www.youtube.com/user/katsiyata?feature=mhsn