sábado, 22 de enero de 2011

Quién fue Juan Diego

Por: Sergio B. Martínez

A 536 años de su nacimiento, Juan Diego, natural de estas tierras, sigue siendo tema de controversia en el mundo eclesiástico; se ha puesto en duda desde la veracidad de su clarividencia hasta su propio nacimiento, Sin embargo, numerosos estudios comprueban que Juan Diego no es un personaje ficticio; sino que realmente existió y ha pasado a la historia religiosa como uno de los personajes más afortunados. Su virtud se reconoce a tal grado que su Santidad Juan Pablo II le otorgó la condición de santo en el año 2002.

Su lugar de origen

El lugar más probable de nacimiento de Juan Diego fue Cuautitlán, barrio de Tlayacac, en el año de 1474; de origen chichimeca, nuestro personaje se dedicó seguramente a la agricultura, aunque es factible que también trabajara en la alfarería y la cestería o similares. Asimismo, es posible que fuera sujeto de la emigración provocada por un nuevo reparto de tierras conquistadas por los tenochcas alrededor de 1516, y que esto lo llevara a mudarse obligatoria o voluntariamente a Tulpetlac, en Ecatepec, donde se hallaría al iniciarse la conquista.

Juan Diego había crecido huérfano, de otra manera no se explica que viviera bajo la tutela de su tío paterno, Juan Bernardino, dados los usos y costumbres familiares de la época.

Su nombre original

Su nombre en la gentilidad era Cuauhtlatoatzin: de cuauhtli, “águila”; tlatoa, “hablar”; huac “como”, y tzin, diminutivo o reverencial. Si su estirpe era noble, como lo hace suponer el padre José Luis Guerrero en su libro Dos mundos de un indio santo, el significado de Cuauhtlatoatzin sería: “El señor que habla como águila”. Si su condición era la de macehual, como generalmente lo han considerado otros autores, sería: “El que habla como águila”. Este nombre está comprobado por el Códice 1548, en el que claramente se consigna al referir la fecha de su muerte, precisamente en 1548.

Se supone que hacia 1524 Juan Diego fue bautizado, junto con su esposa y tío, y que recibieron, respectivamente, los nombres cristianos Juan Diego, María Lucía y Juan Bernardino. Se dice también que recibió el sacramento de manos de fray Toribio de Benavente, Motolinía, o de fray Pedro de Gante, interpretación que se basó en una pintura que había en el dormitorio del convento de Cuautitlán.

A pesar de las opiniones de los historiadores más antiguos y serios, es muy probable que Juan Diego y su esposa María Lucía sí hayan tenido descendencia, ya natural o por adopción, pues, por un lado, la mujer-madre en el concepto mexica tenía una categoría especial –al grado que si moría de parto se le consideraba como una semideidad e iba a formar parte de una estrella en el firmamento-; por otra parte, los matrimonios legales, como el que formaba esta pareja, eran cuidadosamente convenidos, dependiendo de la categoría social, la familia y del clan al que pertenecía cada uno; por ello resulta difícil pensar que luego de tantos cuidados sociales una pareja se casara con la idea de vivir juntos sin la intención de procrear herederos.

El Nican Motecpana nos dice que Juan Diego era viudo: dos años antes de que se le apareciera la Señora Inmaculada murió su mujer.

Su residencia en la época de las apariciones guadalupanas

Su lugar de residencia ha estado en disputa desde un principio; por ejemplo, el doctor Francisco de Siles, canónigo lectoral del cabildo de la Catedral de México, en las Informaciones de 1666, afirma que Juan Diego no sólo era oriundo de Cuautitlán, sino también vecino de ese lugar a la fecha de las apariciones. Con motivo de las mismas Informaciones de 1666, el bachiller Luis Becerra Tanco ofreció un escrito que sería publicado póstumamente en 1675 bajo el título “Felicidad de México..” en el que dice de Juan Diego: “Natural según fama de  un pueblo de Quautitlán, distante cuatro leguas (de 20 a 24 km, según las diferentes equivalencias) de esta ciudad hacia la parte del norte de la nación mexicana y casado con una india, que se llamó María Lucía, de la misma calidad de su marido, venía del pueblo en que residía (dícese haber sido de Tolpetlac en que era vecino) al templo de Santiago el mayor, patrón de España, que está en el barrio de Tlatelolco”.

Otro documento sitúa la residencia de Juan Diego en San Juanico: “…fray Juan de Zumárraga, a quien el año del señor de mil quinientos treinta y uno se le apareció la Santísima Virgen de Guadalupe estampándose en el ayate de Juan Diego, indio del pueblo de San Juanico, sujeto a Tlatelolco, el día doce de diciembre de dicho año..” San Juanico es un poblado vecino al de Tulpetlac que menciona la tradición.

De todo lo anterior se concluye que, al no haber una comprobación documental confirmada y comprobable, como marca el rigor de un juicio histórico, podemos aceptar el dicho de Becerra Tanco, con la reserva de que el nombre específico del poblado o barrio fuese alguno perteneciente a la jurisdicción de Tulpetlac. Por otra parte, si intentamos hacer una deducción lógica, aunque resulte muy difícil aplicar los conceptos presentes a los usos y costumbres del siglo XVI, sobre todo en lo que se refiere a la comodidad y enfoque se distancias que deben cubrir caminando, resulta difícil pensar que Juan Diego trotara unos 48 ó 50 kilómetros para ir y regresar de su casa en Tlatelolco, si aquella estuviera en Cuautitlán, para asistir al catecismo el sábado y hacer el mismo recorrido el domingo para escuchar misa, sobre todo habiendo sacerdotes franciscanos en el convento de Cuautitlán. Por eso es más fácil ubicarlo en Tulpetlac o en algún lugar cercano a éste, y por qué no, en un lugar que perteneciera jurisdiccionalmente a Tulpetlac y estuviera más cerca de Tlatelolco que del asiento del poder político de su jurisdicción, como Ixhuatepec.

Su vida después de las apariciones

Juan Diego enviudó en 1529 y sus vecinos le llamaban “El Peregrino”, pues gustaba de caminar a solas, e ir de su lugar de residencia a Tlatelolco para recibir la catequización y escuchar misa.

Una vez pasada la maravillosa experiencia de platicar con la Señora del Cielo, de ver la imagen estampada en su tilma y construida la ermita, se dedicó a cuidarla y seguramente a platicar con Ella, así como a referir el acontecimiento a todo aquel que quisiera escucharlo y, en especial, a seguir viviendo santamente.

Juan Diego murió en 1548, a los 74 años, “pobre en méritos humanos, rico en virtud y fama”, en su aposento “muy chiquito”, de adobe, que tenía junto a la ermita, como consta en las Informaciones de 1666.

Otra información que confirma la existencia y vida de Juan Diego proviene de un medallón al que se refiere don Cayetano Cabrera: “El año de 1797 me entregó el sacristán Antonio Romo el óvalo que coloqué en este bastidor, con el resguardo de vidriera para conservar en él el documento precioso e interesante de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, pues consta que es la inscripción que seguramente con aprobación del ordinario colocaron los primeros fieles guadalupanos, y fue para conservar la memoria del felicísimo indio Juan Diego, su existencia y sepulcro ubicado en la capilla antigua, según se refiere por el hallazgo de ese óvalo, que encontré en la bodega de esa misma capilla hoy llamada La Parroquia; y esta combinación se apoya por lo que de ella refiere en su “Escudo de Armas de México” el licenciado don Cayetano Cabrera en 1746. La inscripción con letra de oro en campo azul dice así: “En este lugar se apareció Nuestra Señora de Guadalupe a un indio llamado Juan Diego, que está enterrado en esta iglesia”. No basta por ahora, a vista de esta inscripción y del retrato original que está en la Sala de Cabildo de esta Santa Iglesia Nacional Colegiata, del venturoso Juan Diego, que no aparezca su cadáver, pues por éstos y otros muchos documentos se prueba bastante su existencia...”

Desde el punto de vista histórico y de acuerdo con el ingeniero Joel Romero, don Ignacio Manuel Altamirano trató magistralmente a Juan Diego, cuando le dijo que “el día que no hubiera Guadalupe ni Juan Diego, no habría nacionalidad mexicana”. Y, agrega el ingeniero Romero, en una entrevista publicada en Ixtus (1996), “Juan Diego es un modelo de paz interior que todos necesitamos en este convulso mundo, y su principal hazaña es que estando condenado a la oscuridad, refulge con luz propia a pesar de la luz guadalupana”.