sábado, 29 de enero de 2011

Cómo ejercitar el optimismo

Últimamente resulta cada vez más aterrador leer el periódico o ver o escuchar algún noticiero. Entre la crisis económica, la explosión de violencia en todo el país y la nueva oleada de influenza, uno pierde con gran facilidad, toda esperanza de que las cosas puedan quizá mejorar. Además, es totalmente cierto que cada vez con mayor frecuencia encontramos signos y señales de estos problemas en nuestra vida cotidiana. Ya no se trata de problemas lejanos sino que sus efectos se empiezan a sentir de manera cada vez más cercana. Y si a esto le sumamos los problemas propios del mundo de hoy como la competencia laboral, el estrés o el tráfico por ejemplo, el optimismo parece una actitud ingenua o, en el mejor de los casos, una actitud poco realista y muy difícil de sostener. ¿Cuántas veces salimos un día por la mañana con la intención de ser optimistas y no pasan ni cinco minutos y ya hemos olvidado nuestro propósito?
Sin embargo, no es cierto que ésta es una actitud inútil. El optimismo es una de esas herramientas que, si la obtenemos y ejercitamos adecuadamente, nos sirve para todo y para siempre. El problema está entonces, en que no sabemos en qué consiste ser optimista y sobre todo, en que no sabemos cómo podemos serlo. Cuando hablamos de optimismo o de pesimismo, nos referimos a una actitud. Es, por decirlo de otro modo, una experiencia íntima: yo debo ser optimista, al menos en principio, independientemente de todo lo que me pase.
Por ejemplo, a dos compañeras de trabajo pueden ascenderlas de puesto en una empresa y una puede pensar que es una excelente oportunidad de crecimiento, además de obtener un mejor sueldo; mientras que otra puede creer que es un problema porque tendrá más trabajo y menos tiempo libre. En realidad, a las dos personas les pasó exactamente lo mismo y esto tiene, para las dos, las mismas consecuencias: es cierto que tendrán mayores oportunidades, ingreso y trabajo. Sin embargo, es radicalmente distinta la manera en que una y otra viven el mismo evento. Esto depende, entonces, de qué características enfatizamos en nuestras vidas, lo bueno o lo malo. Lo grave del asunto es que se nos olvida que las cosas son en realidad tal como las queramos ver.
Una de las cosas que más trabajo cuesta entender, inclusive a lo largo de un proceso psicoterapéutico, es que la “felicidad”, en todo caso, no es algo permanente. Es decir, es falso cuando alguien dice que lleva dos años feliz. Lo que sucede, más bien, es que vivimos en una realidad tan cambiante que nuestros estados de ánimo, buenos y malos, van y vienen todo el tiempo. Además, salvo algunas excepciones, siempre nos debería ser posible encontrarle el lado bueno a lo malo. Así, hay quienes viven la misma situación con gran felicidad y quien la vive con una enorme infelicidad.
¿De qué depende todo esto? En primer lugar, de nuestra personalidad. Ésta se constituye por las respuestas habituales que tenemos frente a los estímulos. Por lo tanto, podemos decir que hay personalidades más o menos propensas al optimismo. Esto quiere decir que algunos de nosotros tenemos una dificultad adicional para ser optimistas. Tenemos que comenzar por descubrir qué tipo de personas somos: si somos de los que  reconocen fácilmente lo bueno o si somos de los que nos cuesta un poco más de trabajo ver los rasgos positivos de las cosas.
Un buen ejemplo de esto son nuestras parejas. Cuántas veces nos enamoramos perdidamente de alguna persona y, con el paso del tiempo, nos desilusionamos tremendamente al descubrir algún defecto en quien creíamos que debía ser perfecto. Y lo mismo ocurre cuando, sólo con el tiempo, nos damos cuenta de que una relación que creíamos terrible no lo era tanto, y que, en el fondo, existen aspectos que sinceramente extrañamos. El problema reside, entonces, en que a todos nos cuesta trabajo reconocer que nuestras parejas, y nuestras vivencias en general, no son ni totalmente buenas ni totalmente malas. Sobre todo, nos parece difícil entender que lo que permite que una relación funcione es justamente esto: la presencia tanto de aspectos buenos como malos, tanto virtudes como defectos.
Una actitud plena frente a cualquier cosa o persona es la que conlleva tanto los aspectos libidinales (positivos) como agresivos (negativos). De esta manera, podemos decir que no existe algo ni totalmente bueno ni totalmente malo. Lo que tenemos son combinaciones de ambas que cambian con el tiempo. En consecuencia, el ejercicio del optimismo consiste en tratar de no caer en la tentación constante de ver únicamente lo malo. Es, como todo, un hábito: en la medida en que lo realicemos con mayor frecuencia y de manera constante nos será cada vez más fácil hacerlo. Finalmente, los que no pueden lograrlo, a pesar de su mejor esfuerzo, pueden beneficiarse de una psicoterapia psicoanalítica. Uno de los resultados que se tienen tras un proceso terapéutico es aprender, poco a poco, a fijarnos más en lo bueno y menos en lo malo. Esto hace que paulatinamente aprendamos a disfrutar más lo que tenemos y a sufrir menos por todo lo que, inevitablemente, nos hace falta.  

 Lic. Luis Fernando Alcántara Guerra
Miembro de la SOCIEDAD PSICOANALÍTICA DE MÉXICO (SPM)
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