sábado, 13 de noviembre de 2010

El goce de leer

El goce de leer
por Cristina Peri Rossi


La pregunta “¿para qué sirve la literatura?” regresa cada poco tiempo, como la gripe o la guerra. Se la suelen hacer los escritores. No me imagino a Picasso preguntándose para qué sirve un cuadro, ni a Victoria de los Ángeles para qué sirve la ópera. Pues bien: se lee para gozar

La pregunta “¿para qué sirve la literatura?” regresa cada poco tiempo, como la gripe y la guerra. No se la hacen, sin embargo, los millones de personas que no leen nunca un libro, como han proclamado orgullosa- mente los jovencitos de Operación Triunfo; no se la hacen los escasos lectores que van quedando en el mundo invadido por la tecnología: quien compra un libro, ha sentido, antes, un deseo. Se la suelen hacer los escritores. Si hasta ahora no ha tenido una respuesta definitiva es, en parte, porque se trata de una pregunta equivocada, sin sentido. ¿Para qué sirve coleccionar mariposas? ¿Para qué sirve escuchar música? ¿Para qué sirve dar un paseo? Las respuestas no pueden ser más que subjetivas, pero cuidado: la subjetividad es el mayor de los tesoros de la persona, el único inalienable; sin subjetividad, no hay ser.

Hace pocos días, el escritor Bernando Atxaga declaró que la literatura no proporcionaba la felicidad. Es una afirmación cierta, pero ¿quién ha sido el iluso que ha buscado la felicidad en la literatura? La felicidad no tiene escritura, no tiene texto, no tiene discurso, se goza, no se narra. La felicidad pertenece al orden de lo inabordable por el lenguaje, de ahí que los relatos orales con buen final acabaran cuando comienza la felicidad: “y comieron perdices”.

El tema le mereció a Gustavo Martín Garzo un extenso artículo en el diario El País del 9 de febrero, bajo el título de El cielo prometido. En él afirma que los libros son “una cosa rara” porque “no se sabe bien para qué sirven”. No me imagino a Picasso preguntándose para qué sirve un cuadro, ni a Victoria de los Ángeles preguntándose para qué sirve la ópera. A continuación, Martín Garzo resume el argumento de algunos libros muy famosos para demostrar que se trata de sucesos extravagantes o anormales: un hombre que amanece transformado en una cucaracha o un “refinado personaje que subsiste cinco siglos, primero como hombre y luego como mujer”. Esta simplificación parece alarmante en un escritor; yo diría que el argumento de La metamorfosis, de Kafka, es el extrañamiento, el sentimiento de no pertenencia, de falta de vínculo, y diría que el argumento de Orlando, de Virginia Woolf, es la utopía de la idendidad perfecta, redonda, lograda a partir de los dos sexos, no de uno solo. Porque “el argumento” de una novela no es más que el pretexto para una intencionalidad: demostrar, enseñar algo, por horrible, doloroso o extraño que sea. Se narra algo “para algo”, es decir: con una intencionalidad, para provocar reflexiones, sensaciones, sentimientos, gustos, placer o displacer. Ningún relato es ingenuo, nada de lo narrado, nunca, ni siquiera un chiste, escapa a esta intencionalidad.

Todo el mundo lee estos días quilos de papel acerca de la posible guerra de Irak, y no se trata de una información placentera; el contenido, la guerra, no lo es, pero el placer consiste en saber.
--  Coordialmente,  Abel Hernández García Director de ¿K'atsiyatá? La Revista Cultural de Papantla  Visita: http://culturaenpapantla.blogspot.com/ http://www.youtube.com/user/katsiyata?feature=mhsn